La historia se remonta allá por 1976, a fines de ese año. Era 23 de diciembre. Un calor abrasador. Ramón se preparaba para un viaje desde la ciudad a un lugar que no conocía. "Las Chacras". Iba con su "nona", Elisea. Ella era "chacrera". El niño, que tenía unos 10 años, sólo conocía hasta la ciudad de Caucete. Allí se encontraría con su parentela en el Barrio Huarpe. Con el tío Domingo, la tía Lorenza y tantos parientes más que ya no están. Ellos eran dos de los 8 hermanos de la nona de Ramón.
Luego de una cena con los parientes, el equipaje ya estaba listo. Sólo había que dormir hasta las 4 de la madrugada, levantarse y esperar que un camión pequeño los pasara a buscar.
El niño no estaba acostumbrado a esa aventura. En la caja o volquete del vehículo, el equipaje estaba ubicado en cada rincón, apilada hacia arriba. Cajas de todo tipo con mercadería en su interior, mantas, algún colchón pequeño y delgado, como para enrollarlo.
El niño estaba sorprendido. No se despegaba de su nona, pero igual sentía la confianza de estar con sus viejos tíos que lo trataban con mucho amor y con palabras que sonaban como llenas de experiencia y sabiduría que dan los años.
La partida de madrugada era por un sólo motivo: evitar en lo posible el sol abrasador de diciembre. El viaje era tranquilo y sereno hasta llegar a Marayes. Al enfilar por la huella que los llevaría a Las Chacras, el panorama era otro. Badenes de roca suelta, hilos de agua que dejaron las crecientes de agua, curvas y contra curvas bien cerradas, donde el chofer del camión hubiera sido un gran piloto del rally Dakar, en estos tiempos. Los arbustos con espinas raspaban el camión y ni qué decir de los algarrobos. Había que agarrarse bien de algo, que podría ser las cajas bien atadas para que no se desubicaran en tanto movimiento brusco del camión recorriendo la huella.
La llegada fue una bendición para aquel niño que estaba cansado como todos, pero feliz, como todos. Eran unas 10 ó 12 personas. Todos adultos, todos con la intención de llegar a las Chacras para cumplir con sus promesas a la Virgen de Andacollo, que se realizaba cada 26 de diciembre. Allí estaba un hombre llamado Evaristo, cuya característica física era la de ser albino y que sin ser religioso, estaba a cargo de las novenas y los rezos que encabezaba para guiar a los fieles, hasta que llegara el cura para la fiesta.
El niño estaba asombrado. Era como de repente estar en una película gauchesca que vio en televisión. Se mezclaban los promesantes que llegaban montados en mulas o caballos, con aquellos que arribaban en camionetas o camiones. Todos con alegría, visitando parientes, comiendo algún chivito, un estofado acompañado de una rica sopa cuyo olor y sabor ya era distinto al de siempre. El secreto era que se cocinaba con leña en medio del campo y no con el gas de la cocina como en la ciudad.
Esa semana, Ramón conoció el silencio de dormir por las noches acompañados del sonido de los grillos y el aroma de yuyos del campo. Además, una experiencia que no olvidaría en toda su vida. A las 7 de la mañana, su nona ya tenía el agua caliente para el mate y un pequeño asado. ¡Era el desayuno! ¡Primera vez que comía un asado de desayuno! Después, recorrer el pequeño hilo de agua transparente del que se nutría este pequeño pueblo que a fines del siglo XIX tenía unos 200 habitantes, pero que en ese año había unos 20.
El niño no se cansaba de tomar agua. Estaba sorprendido por su pureza. Pronto supo por boca de su nona y del tío Nicolás, otro hermano de Elisea, que era agua de vertiente que estaba lejos, escondida entre la montaña. El olor a chilcas, el canto de las aves, el sabor de las peras que crecían en el huerto le quedaron por siempre en los sentidos a Ramón.
Luego de tantas experiencias, la fiesta de la Virgen de Andacollo ya era un hecho. Con la precesión por cada rincón de ese pequeño pueblo, los vivas, los rezos y en la madrugada el regreso a Caucete para después seguir viaje a la ciudad.
Ramón conoció un pueblito en medio del campo sanjuanino que jamás olvidó. Un paraíso serrano en medio del desierto, llamado Las Chacras.
