La historia de la tan traída y llevada "Espada de Damocles” tiene su origen en una anécdota atribuida a Dionisio I, tirano de Siracusa, que vivió entre los años 431 y 367 aC, quien disfrutaba de toda clase de riquezas y placeres. A pesar de ello un día señaló que él era muy poco feliz, y como uno de sus aduladores, Damocles, le recordaba todo lo que poseía, sus riquezas, la majestad de su poder absoluto, la abundancia de todo, la magnificencia de su palacio real y afirmara que nunca había existido nadie más feliz que él, el rey le dijo: "Ya que esta vida te gusta ¿Quieres, Damocles disfrutar tú mismo de ella y experimentar esa suerte mía?” Habiendo contestado aquel que de buena gana lo haría dispuso que fuera acostado en un lecho de oro cubierto con una colcha maravillosamente tejida, adornado con magníficas pinturas. Entonces ordenó que compartieran la mesa personas especialmente elegidas y de buena presencia para que le sirvieran diligentemente a su menor indicación. Se trajeron coronas, ungüentos, se sirvieron los mejores y más exquisitos manjares. Damocles se sentía afortunado. Pero en medio de todo este aparato de esplendor, el rey mandó que del artesondo (compartimiento de género en forma de círculo que se coloca debajo del techo en este caso) se colgara una reluciente espada, sujeta por crin de caballo, justamente arriba de la cabeza de Damocles. Naturalmente éste dejó de prestar atención a todo el esplendor que lo rodeaba: a sus servidores, sus manjares y ni siquiera se atrevió a tocar la mesa. Finalmente suplicó al tirano que le permitiera irse porque ya no quería ser feliz en esas circunstancias. Dionisio confesó que no existe felicidad para aquel a quien permanentemente amenaza el terror por algo, o cuando surge un peligro que está amenazando a alguien de manera continua.