3 de enero de 2026 - 04:30

Prioridades sucesivas de Trump en Venezuela

Por Rosendo Fraga – Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría

En los últimos seis meses Donald Trump ha realizado una escalada en cuanto al eventual uso del instrumento militar que muestra tres etapas bien definidas. La primera estuvo centrada en la democratización y tuvo como acción principal el apoyo a Corina Machado, líder indiscutida de la oposición. El reconocimiento de su candidato electo, Edmundo González Urrutia, fue una pieza concurrente. El apoyo de Estados Unidos y sus aliados a la elección de Machado como Premio Nobel de la Paz jugó también un papel en esta estrategia. La idea era que una fuerte presión internacional precipitara movimientos políticos internos y populares a consecuencia de ello, que produjera un cambio de régimen, ya fuera cruento o incruento.

Esta primera fase no tuvo éxito. Es que la inteligencia estadounidense sigue viendo la situación del régimen de Nicolás Maduro como la caída de los regímenes comunistas a comienzos de los noventa o la compleja y transitoria cadena de cambios de régimen en el mundo árabe a comienzos de la segunda década de este siglo. Los hechos han demostrado que quizás debe mirarse más en la prolongada duración del régimen cubano, que ya lleva sesenta y siete años continuos en el poder, pese a la sistemática oposición de Estados Unidos y el mantenimiento de su bloqueo.

La segunda etapa, que comienza a ejecutarse el 2 de septiembre -tras el despliegue previo de tropas-, se materializó en el concepto del “narcoterrorismo”. De acuerdo al mismo, los dos carteles de la droga adjudicados al régimen de Maduro (el de los Soles y el Tren de Aragua) entran en esta caracterización, que de acuerdo a la mirada de Washington pueden ser atacados militarmente por constituir una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos por las muertes de ciudadanos norteamericanos que produce el uso creciente de drogas como el fentanilo y otras.

Se puede aplicar en consecuencia al régimen de Maduro el mismo tipo de medidas que se usaron contra el terrorismo islámico en las dos primeras décadas del siglo XXI tras el atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono. En esta segunda etapa se incrementa el despliegue militar con la participación del portaaviones Gerald Ford, el más moderno de la flota estadounidense, y aumentan los buques de acompañamiento y patrullaje y las tropas de desembarco.

También se establecen bases para el emplazamiento de estos efectivos en Trinidad Tobago, Puerto Rico y República Dominicana. Este paso marcó una escalada importante desde el punto de vista militar y el riesgo de que el conflicto derive en este campo. Más de un centenar de muertos, treinta hundimientos de pequeñas embarcaciones y la captura de tres buques petroleros que transportaban ilegalmente petróleo hacia China desde el punto de vista estadounidense -el 80% del crudo venezolano tiene como destino a aquel país-, van marcando los peligros que encierra la escalada militar.

La tercera etapa empieza a plantearse a fines de diciembre de 2025. El propio Trump comenzó a decir que Estados Unidos tenía derecho a apropiarse de la reserva de petróleo venezolano -la más grande del mundo- como reparación a la estatización del crudo realizada en 1967 por el presidente socialdemócrata Carlos Andrés Pérez. Según la tesis del presidente estadounidense, su país debe apropiarse de estas inmensas reservas como contraprestación a las inversiones perdidas hace más de medio siglo. Esta tercera etapa define una situación nueva pero completa las dos anteriores.

El despliegue militar frente a Venezuela ya alcanza a una cuarta parte del poder naval estadounidense.

Una eventual acción estadounidense contra Venezuela en el campo militar tendría así tres fundamentos: la democratización de una dictadura, la represión del narcoterrorismo y la compensación económica por la expropiación ilegal de instalaciones petroleras.

Mirado desde esta perspectiva, el despliegue frente a Venezuela alcanzaría hoy a la cuarta parte del poder naval estadounidense operativo en el mundo. Ello se debe a que el desplazamiento de un portaaviones implica el de su grupo de apoyo de naves complementarias y uno o varios grupos de desembarcos con sus buques propios. Las tres etapas de la escalada comienzan a plantear la duda sobre cuán importante y efectivo es el poder militar de Estados Unidos para cambiar un régimen como el venezolano, cuya población representa sólo el 9% de la población estadounidense.

Cada día que pasa estas dudas sobre la efectividad militar de Washington aumentan, en momentos en que Trump multiplica sus intentos de gestiones de paz que necesitan la herramienta militar como instrumento para alcanzar ese objetivo. El tiempo empieza a jugar contra Estados Unidos. Es que la supremacía militar es una herramienta diplomática central de Trump para apoyar sus negociaciones y gestiones internacionales.

Si en el caso de Venezuela el despliegue militar estadounidense no se utiliza frente al desafío venezolano, esto comenzará a deteriorar el efecto de “disuasión” que genera la presencia militar de Washington. En definitiva, si el despliegue militar no resulta eficaz para resolver el problema, comenzará a producir desgaste. Pero el anuncio de Trump de que las fuerzas aeronavales estadounidenses han realizado el primer ataque terrestre sobre supuestas instalaciones del narcotráfico en Venezuela, constituyen un paso más en la escalada bélica de este conflicto.

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