Por Claudio Fantini – Periodista y Politólogo

Cuando algún acontecimiento sacude el mundo, en todos lados se forman dos tribunas que convierten el suceso en un Boca-River. Mucha gente necesita que todo conflicto tenga un bueno y un malo, un héroe y un villano, una víctima y un victimario, pero hay conflictos en el que ese tranquilizador maniqueísmo no encaja con la realidad.

Para las feligresías ideologizadas de izquierda y derecha, las miradas ven un “nuestro” y un “de ellos”, siguiendo el esquema planteado por Carl Schmitt en su libro El Concepto de lo Político.

El hecho es que, desde la captura de Nicolás Maduro en Caracas por parte del gobierno de Donald Trump, una tribuna acusa al presidente norteamericano de violar el derecho internacional con una acción imperialista, haciendo tal lectura de modo que implica defender y legitimar a Maduro y al régimen que encabezaba. Y la otra tribuna acusa al líder venezolano capturado de ser un tirano criminal y narcotraficante, legitimando la operación militar ordenada por el jefe de la Casa Blanca.

En rigor, hay dos verdades objetivamente comprobables que no se anulan mutuamente por el hecho de ser esgrimidas por una tribuna y por la otra como verdades únicas y contrapuestas. Que la acción militar ordenada por Trump es un acto imperialista y una violación flagrante del derecho internacional, es una verdad objetivamente comprobable. Y que Maduro presidía un régimen facineroso y criminalmente represivo (al que Trump le da la oportunidad de conservar el poder si se asocia con él) también es una verdad objetivamente comprobable.

Maduro colmó las cárceles venezolanas de presos políticos, industrializó la tortura y las ejecuciones extrajudiciales, reprimió criminalmente masivas protestas, instauró la censura, anuló derechos y garantías de los ciudadanos, hundió una economía inhundible porque flota en petróleo y causó una diáspora de dimensiones bíblicas. Y Trump es una autócrata en gestación que lleva tiempo destruyendo la democracia norteamericana desde adentro y ahora ingresa en una etapa delirante y peligrosamente napoleónica.

Con la personalidad de un chico caprichoso y malvadamente rencoroso, parece gritarle al mundo occidental: “si no me reconocieron como líder de la paz dándome a mí el Premio Nobel, me conocerán como un insaciable guerrero que conquista riquezas y territorios por la fuerza”.

Resulta increíble que un presidente norteamericano esté amenazando a Dinamarca, ergo también a Europa, con invadir Groenlandia y entrar en guerra con esos antiguos aliados, si el reino nórdico no acepta su oferta de comprarlo. Casi como “el plata o plomo” de Pablo Escobar.

En Venezuela se desarrolla un experimento que, en el mejor de los casos, consistiría en dejar en manos del chavismo la “deschavización” del país, aunque lo visto hasta ahora es que da al régimen la opción de asociarse con él en la extracción y exportación de petróleo, o correr la misma suerte de Maduro. Paralelamente, en el Atlántico Norte, Trump destruye compromisos históricos de Estados Unidos.

El magnate neoyorquino rebate el estupor europeo diciéndole que la superpotencia occidental ya le ha comprado territorios a Dinamarca, lo cual es cierto. En 1917, el gobierno de Woodrow Wilson le compró al reino escandinavo las Indias Occidentales Danesas, que pasaron a integrar el territorio norteamericano de las Islas Vírgenes.

La diferencia de la que no habla Trump, quizá porque la desconoce, es que Dinamarca aceptó esa propuesta formulada sin amenazas de ningún tipo, porque tenía dificultades económicas para mantener esas posesiones de ultramar. O sea, fue una transacción acordada en buenos términos, no una adquisición impuesta a punta de pistola.

Otra cosa que no dice Trump sobre aquella compra de territorios es que, en el acuerdo que se firmó en la transacción, se establece expresamente que Washington renuncia a toda demanda o pretensión de soberanía sobre Groenlandia.

El líder ultraconservador de Estados Unidos está borrando con el codo lo que firmó la mano del presidente Wilson.

También Rusia estaba con dificultades económicas y temía no poder resistir militarmente una invasión de Alaska por parte de los ejércitos británicos que ocupaban Canadá, cuando el zar Alejandro II ofreció vender ese territorio a Estados Unidos, negociando con el presidente Andrew Jackson.

Ninguno de esos casos es comparable a lo que significa hoy amenazar a Europa con invadir y ocupar por la fuerza Groenlandia si Dinamarca no acepta vendérsela.

Es probable que, si Trump aún no retiró a Estados Unidos de la OTAN, algo que desea profundamente, es porque de ese modo neutraliza la aplicación del artículo 5, según el cual si un miembro de la alianza atlántica es atacado, todos los otros miembros deben sumarse en su defensa. Un caso como éste no encaja en el artículo 5, porque hoy Washington es parte de la alianza. Ergo, sería un país de la OTAN el que invade otro país de la OTAN y eso no está contemplado en la carta fundacional ni en ningún otro documento de la coalición militar.

Que Estados Unidos integre la alianza es el hecho que desnuda la falacia del argumento de Trump, según el cual su país necesita Groenlandia por razones de seguridad. La verdad es que, siendo miembros de la OTAN, los norteamericanos pueden poner cuantas bases necesiten para proteger su seguridad. De hecho, durante la Guerra Fría Washington llegó a tener 17 bases, de las cuales desmanteló 16 tras el final de la Confrontación Este-Oeste porque había dejado de existir la amenaza soviética.

Lo que realmente quiere el líder republicano es el acceso a las riquezas minerales que van quedando expuestos con la retirada de los hielos que produce el cambio climático. Y ni siquiera está ocultando bien ese objetivo miserable. Igual que con Venezuela, donde tras capturar al bufonesco dictador en ningún momento habló de liberar los presos políticos, restituir libertades y sumar figuras de la disidencia a un gobierno de coalición que incluya chavistas y presida Delcy Rodríguez.

De lo único que habló es de petróleo.