El mapa petrolero de América del Sur atraviesa una reconfiguración acelerada, impulsada por dos procesos simultáneos: el crecimiento sostenido de la producción fuera de los países tradicionales de la OPEP+ y la profunda crisis que atraviesa Venezuela. En ese escenario, la Argentina emerge como uno de los países llamados a ganar peso relativo, de la mano del desarrollo de Vaca Muerta y de un contexto regional que abre la puerta a un eventual salto en el ranking de productores.

Según el último informe de la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), la producción mundial de crudo crecerá en 2026 unos 800.000 barriles diarios. De ese total, Brasil, Guyana y la Argentina explicarán la mitad del incremento, con un aporte conjunto estimado en 400.000 barriles diarios, consolidando el liderazgo de países no alineados con la OPEP+ en la expansión global del sector.

La tendencia se afianzó durante 2025, luego de una caída global en 2024. El año pasado, la producción mundial se recuperó con un aumento de 2,2 millones de barriles diarios, de los cuales 1,7 millones provinieron de países fuera del bloque OPEP+. En ese contexto, Brasil, Guyana y la Argentina explicaron el 28% del crecimiento total, de acuerdo con las estimaciones oficiales de la EIA.

Dentro de ese grupo, el caso argentino presenta una particularidad clara. Hasta 2021, la producción local mostraba una tendencia declinante, que se revirtió a partir del desarrollo del shale oil en Vaca Muerta, una de las pocas formaciones no convencionales del mundo capaces de producir volúmenes significativos fuera de Estados Unidos. En 2024, la producción promedio del país fue de 670.000 barriles diarios; en 2025 trepó a 740.000; y para 2026 la EIA proyecta un promedio de 810.000 barriles diarios.

Ese crecimiento ya tuvo impactos concretos en el tablero regional. En la segunda mitad de 2025, la Argentina desplazó a Colombia y se convirtió en el cuarto mayor productor de petróleo de América del Sur, detrás de Brasil, Venezuela y Guyana. En noviembre, la producción local alcanzó los 844.386 barriles diarios, con el shale de Vaca Muerta aportando cerca del 70% del total. YPF concentra casi la mitad de ese volumen.

Brasil continúa liderando la región y superó por primera vez los 4 millones de barriles diarios en octubre de 2025, impulsado por la puesta en marcha de nuevos buques FPSO en el offshore profundo. Guyana, en tanto, multiplicó por diez su producción entre 2020 y 2025 gracias a los desarrollos del bloque Stabroek, operado por ExxonMobil junto a Hess y CNOOC, y ya supera los 900.000 barriles diarios, con nuevos proyectos previstos para 2026.

El gran interrogante regional es Venezuela. Aunque todavía figura como el tercer productor sudamericano, su situación es extremadamente frágil. El bloqueo parcial impuesto por Estados Unidos, la incautación de petroleros y la crisis política interna pusieron bajo fuerte presión a la industria petrolera. Proyecciones internas citadas por medios internacionales indican que, de mantenerse las restricciones, la producción podría caer desde niveles cercanos a 1,2 millones de barriles diarios a menos de 300.000 hacia fines de este año.

Un escenario de ese tipo tendría consecuencias profundas. Venezuela posee las mayores reservas de crudo del mundo, pero su capacidad productiva está limitada por años de falta de inversión y deterioro de infraestructura. Según la consultora Rystad Energy, serían necesarios alrededor de US$183.000 millones desde 2026 para que el país vuelva a producir 3 millones de barriles diarios recién hacia 2040.

En ese contexto, algunos analistas comienzan a plantear, de manera todavía cauta, la posibilidad de que la Argentina pueda escalar otro lugar en el ranking sudamericano si la parálisis venezolana se prolonga. Las proyecciones comparativas alimentan esa hipótesis: mientras Venezuela podría caer a unos 300.000 barriles diarios, la Argentina apunta a consolidarse por encima de los 800.000 en 2026, con Vaca Muerta como motor excluyente.

Puertas adentro del sector, el optimismo es moderado. La volatilidad geopolítica, los precios internacionales del crudo y los desafíos de infraestructura siguen siendo variables clave. Sin embargo, el reordenamiento ya está en marcha. Con Brasil y Guyana creciendo desde el offshore y la Argentina desde el shale, la región vuelve a ganar protagonismo en el mapa petrolero global, y el país aparece como un actor en expansión y un potencial beneficiario indirecto de la crisis energética de su histórico competidor regional.