Argentina es Argentina. Al campeón, para destronarlo, hay que ganarle. Y sí, Egipto creyó que estaba escrito, que hacía historia, pero el campeón volvió de la muerte.
Argentina es Argentina. Al campeón, para destronarlo, hay que ganarle. Y sí, Egipto creyó que estaba escrito, que hacía historia, pero el campeón volvió de la muerte.
Dos goles abajo, sepultado en su impotencia, Argentina tenía que ser Argentina y su DIOS eligió mostrar el camino.
Messi, su magia y su fe, hicieron posible lo imposible. Era justicia para el 10 por aquel penal que le atajaron, por todas las chances que sacó el arquero egipcio. Era justicia y fue justicia. Porque cuando nadie creía, cuando apenas quedaban 10 minutos por jugar, el capitán liberó toda la enjundia nacional.
Argentina se fue a vender cara su salida. Le puso la pelota en la cabeza al Cuti para encender la esperanza, y después, esa zurda inoxidable puso el empate. Se podía volver a creer y Argentina fue.
Quedaba nada, quedó esa última y con autoría intelectual de Messi, el milagro de la resurrección se hizo realidad. Corrida del Toro, medida al corazón del área para que Enzo eligiera donde clavarla. Golazo, milagro. Locura. Argentina estaba fuera pero Messi, decidió que no era el momento.
El campeón sigue siendo el campeón. Eso está claro. Para quitarle la corona, a este equipo con matarlo, parece que no alcanza.