Para el especialista, allí hay una cuestión que merece ser revisada: los chicos también necesitan atravesar la frustración, el llanto y el aburrimiento sin que una pantalla aparezca inmediatamente para hacer desaparecer esas emociones.
No es solamente cuánto tiempo, también qué miran
Uno de los puntos en los que hacen hincapié los especialistas consultados es que hablar del problema exclusivamente en términos de cantidad de horas puede resultar insuficiente. "Cada vez hay más estudios que demuestran que tanto la cantidad de tiempo de uso de pantallas como la calidad o el contenido tienen un gran impacto", explicó Mengual. Y en ese sentido puso el foco en la velocidad de algunos contenidos infantiles: cambios de planos constantes, sonidos, colores y estímulos que se suceden rápidamente. "Van acostumbrando al cerebro a súper estímulos, a estímulos muy veloces y a ese ritmo. Entonces después a un niño jugar al aire libre le resulta extremadamente aburrido", sostuvo.
La psicóloga Isabel Moreno Burguez, que trabaja con niños y adolescentes, coincide en que una de las razones por las que las pantallas resultan tan atractivas es precisamente la cantidad de estímulos que ofrecen. "Ofrecen estímulos constantes, rápidos y llamativos: colores, sonidos, movimiento, juegos y recompensas inmediatas", explicó.
ISA MORENO BURGUEZ. Es Licenciada en Psicología.
A diferencia de otras actividades que requieren esperar, esforzarse o imaginar, la pantalla ofrece entretenimiento inmediato. Y ahí aparece uno de los grandes temas que atraviesan las entrevistas: el aburrimiento.
¿Qué pasa cuando los chicos ya no saben aburrirse?
Para Moreno, el aburrimiento no debería ser visto como algo que los adultos tienen que eliminar inmediatamente. "El aburrimiento es necesario y también es una oportunidad para que el niño pueda crear, imaginar, explorar y encontrar sus propios recursos para entretenerse", explicó. Cuando cada momento sin actividad se completa automáticamente con una pantalla, ese espacio de exploración se reduce.
Algo similar observa Marcela Vives, maestra de Sala de 4 años del JINZ 9, desde el Nivel Inicial. "Los chicos en general no saben jugar", aseguró. La docente explica que muchas veces es necesario que un adulto se siente con ellos para que el juego pueda prolongarse. También observa diferencias entre los niños que tienen mayor exposición a las pantallas y aquellos que tienen menos. "En general se observa más ansiedad en los niños que pasan más tiempo frente a las pantallas", señaló.
MARCELA VIVES. Es docente de Nivel Inicial.
Desde su experiencia en el jardín, Vives también observa una mayor ansiedad y una necesidad de inmediatez: "solicitan las cosas" con una rapidez que antes no era tan marcada, según su percepción.
El juego que queda desplazado
El problema no es solamente lo que los chicos hacen mientras están frente a una pantalla, sino también lo que dejan de hacer durante ese tiempo. Mengual lo explica a través de lo que denomina un "efecto desplazamiento": para desarrollar una habilidad, los niños necesitan tiempo para practicar, explorar y repetir. "El tiempo que pasan en pantalla es tiempo que a la vez están perdiendo para explorar, para agarrar un lápiz, para dibujar", planteó.
El pediatra contó además que existen trabajos que compararon el desempeño de niños pequeños después de mirar diferentes tipos de contenidos y después de realizar actividades como jugar y dibujar. Según relató, los chicos que habían tenido un tiempo de juego y dibujo fueron quienes mejores resultados obtuvieron en las pruebas posteriores de concentración y cognición.
El juego simbólico comienza a quedar en un segundo plano y el niño presenta cada vez más dificultades para imaginar, crear y entretenerse por sus propios medios.
También mencionó investigaciones que compararon dibujos realizados por niños de una misma edad y los relacionaron con la cantidad de horas de exposición a pantallas. Según su referencia, la cantidad de detalles y la calidad de los dibujos disminuían a medida que aumentaba el tiempo frente a las pantallas.
Para Moreno, el impacto también puede verse en el juego simbólico. "Podemos encontrarnos con niños a quienes les cuesta jugar solos, crear historias o sostener un juego simbólico sin necesitar un estímulo externo", explicó. Dibujar, pintar, construir o inventar historias pueden perder atractivo frente a la gratificación inmediata de un dispositivo.
Cuando apagar el celular se convierte en un problema
Una de las señales que deberían observar los padres aparece justamente cuando llega el momento de apagar la pantalla. "No es lo mismo un chico al que le gusta mucho el celular que un chico que no puede regular su uso", aclaró Moreno.
La diferencia, explica, está en la capacidad de aceptar límites. Un niño puede enojarse o pedir seguir utilizando el dispositivo y eso no necesariamente significa que exista un problema.
La señal de alerta aparece cuando las reacciones son desproporcionadas, cuando hay berrinches frecuentes, cuando pierde interés por otras actividades o cuando necesita estar constantemente conectado para no aburrirse.
Mengual coincide y propone prestar atención a situaciones concretas. Por ejemplo, cuando un niño tiene que elegir entre salir a jugar a la plaza con sus padres o quedarse viendo dibujos y sistemáticamente prefiere la pantalla. También cuando apagar el dispositivo provoca un berrinche tan intenso que termina afectando el resto del día familiar. "Ahí también es otra señal", explicó.
Una familia con cuatro hijos y cuatro experiencias diferentes
Fernanda Hidalgo vive en Sarmiento y es madre de cuatro hijos: dos varones de 17 y 13 años y dos niñas de 8 y 7.
En su casa, las pantallas ocupan lugares diferentes según la edad. Los adolescentes utilizan principalmente el celular para comunicarse y relacionarse con otros chicos, además de las actividades escolares y los videojuegos. Las niñas más pequeñas tienen un uso más recreativo: juegos, videos, películas y series.
FERNANDA HIDALGO. Tiene 4 hijos. Además de madre, es docente.
La diferencia generacional también modificó la edad de acceso. Su hijo mayor comenzó a utilizar pantallas alrededor de los 3 años y de manera supervisada. En cambio, las niñas más pequeñas tuvieron contacto con dispositivos digitales desde mucho antes, alrededor de los 2 años.
Con el crecimiento también fueron cambiando las reglas. Los adolescentes tienen mayor libertad, mientras que con las niñas intenta establecer horarios y supervisar los contenidos. Pero la propia experiencia familiar le mostró que mantener esos límites no siempre es sencillo. "Muchas veces sentí que se nos fue la mano con las pantallas", reconoció.
Las razones son conocidas por muchas familias: las actividades de los adultos, las tareas de la casa o simplemente la necesidad de tener a los chicos tranquilos durante un rato. "Uno se relaja un poco con los límites y después, cuando quiere volver a establecerlos, se hace más difícil porque ellos ya se acostumbraron a tener ese acceso", contó.
La mesa: un límite que sí funciona
En la familia de Hidalgo hay un momento en el que intenta que directamente no haya pantallas: la cena. Es el espacio en el que están todos juntos y donde busca recuperar la conversación familiar.
También reconoce que no siempre es fácil. Cuando llega el momento de dejar los dispositivos para comer o dormir, las respuestas pueden ser diferentes, especialmente entre las más pequeñas: algunas veces aceptan el límite y otras aparecen el enojo y los berrinches.
Una estrategia que le funcionó fue incorporar temporizadores y establecer horarios determinados. Pero encontró otra herramienta todavía más efectiva: que los chicos tengan otras cosas para hacer. "Cuando ellas están jugando, están entretenidas con otra cosa, no piden usar las pantallas", explicó.
Pintar, dibujar y hacer manualidades son algunas de las alternativas que intenta ofrecerles, aunque reconoce que mantenerlas entretenidas durante mucho tiempo también puede resultar difícil.
El problema también puede estar en los adultos
Las entrevistas abren otro interrogante algo incómodo: ¿qué ejemplo están dando los adultos?
"Hay que revisar los hábitos que tenemos los padres con las pantallas", reconoció Hidalgo. "En muchas ocasiones perdemos tiempo valioso por tener el celular en la mano", añadió.
Moreno también pone el foco en este aspecto: los niños observan a los adultos y aprenden de sus modelos. "Si ven que el adulto recurre permanentemente al celular, pueden incorporar ese comportamiento como algo natural y necesario", explicó.
El niño puede tener menos oportunidades de aprender a reconocer y regular sus emociones por sus propios medios.
Por eso, establecer límites para los chicos también implica que los adultos revisen los propios. No se trata de una cuestión de perfección. La psicóloga incluso pide evitar la culpa en los padres que utilizan una pantalla para poder trabajar, hacer tareas domésticas o descansar. "Las pantallas pueden ser un recurso válido", señaló. El desafío, según Moreno, consiste en que no se conviertan en el recurso principal durante todo el día ni reemplacen los momentos de encuentro. "Un celular puede entretener por un momento, pero no puede reemplazar la mirada, la escucha, el juego y la disponibilidad de un adulto", resumió.
Tres reglas para empezar
Para Mengual, no se trata de "demonizar" las pantallas. "Es la era en la que nos toca vivir. Estamos rodeados de pantallas y tenemos que aprender a convivir con ellas", sostuvo. A partir de allí, propone tres reglas básicas.
La primera está relacionada con la edad: evitar el consumo de pantallas antes de los 2 años y, entre los 2 y los 5, limitarlo a unos 30 a 60 minutos diarios, idealmente en televisión y siempre con supervisión adulta.
La segunda: no utilizar pantallas alrededor de las comidas ni antes de dormir.
Uno de los consejos es no utilizar pantallas alrededor de las comidas ni antes de dormir.
Y la tercera: evitar recurrir al celular para mantener quietos a los niños en situaciones cotidianas, como restaurantes, salas de espera, filas o salidas.
"Esas situaciones cotidianas el niño tampoco las registra y va perdiendo la noción y entonces le quitamos la posibilidad de que explore, de que hable con otras personas, de que salude al almacenero, de que mire las cosas que hay que comprar", explicó.
En definitiva, una salida familiar puede convertirse en una oportunidad para observar, conversar y explorar. Pero si el niño pasa todo el tiempo mirando una pantalla, la experiencia cambia.
La pantalla no debería reemplazar la infancia
Desde el jardín, Marcela Vives plantea otra preocupación: que los chicos pequeños tengan dificultades para distinguir entre lo real y lo imaginario. También menciona cambios en el lenguaje, con la incorporación de términos provenientes de otros lugares o de contenidos que pueden no ser adecuados para su edad. Para ella, el acompañamiento familiar resulta fundamental, tanto para controlar el tiempo como para saber qué están mirando.
Moreno, en tanto, plantea que la pregunta central no debería ser únicamente "¿cuántas horas usa el celular?". También hay que preguntarse qué lugar ocupa la pantalla en la vida del niño. ¿Interfiere con el juego? ¿Con los vínculos? ¿Con el descanso? ¿Con las actividades que antes disfrutaba? ¿Es capaz de entretenerse sin ella? ¿Puede aceptar que se la apaguen? Son preguntas que pueden ayudar a detectar cuándo el uso cotidiano empieza a convertirse en un problema.
La pantalla no debería reemplazar la infancia.
Y para Mengual hay una última idea que puede resultar tranquilizadora para los padres que sienten que en algún momento las pantallas se les fueron de las manos. "Siempre es buen momento para pensar, analizar y reflexionar y buscar implementar cambios de mejora", sostuvo.
Los niños tienen una característica especialmente importante: una gran plasticidad cerebral, es decir, la capacidad de readaptarse, aprender cosas nuevas, abandonar hábitos e incorporar otros. Por eso, no importa solamente cuánto tiempo pasó frente a una pantalla hasta hoy. También importa qué se decide hacer a partir de mañana.
En una infancia rodeada de celulares, tablets, televisores y videojuegos, quizás el desafío no sea conseguir que los chicos nunca miren una pantalla. El verdadero desafío sea que, cuando la pantalla se apaga, todavía tengan ganas de jugar, imaginar, conversar, aburrirse, explorar y descubrir el mundo que tienen delante.