3 de noviembre de 2026 - 11:33

Tiene 22 años, encaró una travesía en bici a la Difunta Correa que le llevó 3 días y un temporal lo puso contra las cuerdas: "Se comía lo que se podía"

Un temporal furioso con granizo que obligó a frenar el viaje en seco, la escasez crítica de agua potable en tramos desérticos donde el sol azota sin piedad, y la falta total de provisiones en poblados alejados donde ningún comercio abría sus puertas.

Nada de eso fue suficiente para detener la marcha ni apagar la ilusión de Fernando Barreda. Con solo 22 años, este joven atleta oriundo de Villa Mercedes se convirtió en el protagonista de una auténtica hazaña de resistencia tras unir su ciudad natal en San Luis con el emblemático santuario de la Difunta Correa, ubicado en la localidad de Vallecito, en San Juan.

Su motor principal no fue un contrato profesional ni una competencia oficial, sino una profunda promesa personal que desafió todos los límites físicos, psicológicos y climáticos a lo largo de cientos de kilómetros de ruta.

La extenuante travesía demandó tres jornadas completas con sus respectivas noches en la ruta, estructurada en etapas muy marcadas pero complejas por la geografía regional. El primer tramo de la travesía comprendió un trayecto de 120 kilómetros desde la ciudad de Villa Mercedes hasta la localidad termal de San Jerónimo. Fue precisamente allí donde la naturaleza impuso el primer gran obstáculo del itinerario: una tormenta de enorme intensidad azotó la zona el lunes de la semana pasada, obligando a Fernando a resguardarse de emergencia y a demorar sus planes originales.

Tras varios días de obligada espera hasta que las condiciones del tiempo finalmente dieron tregua, el ciclista retomó la marcha a mitad de semana para enfrentar la sección más larga, solitaria y despiadada de todo el recorrido: los 184 kilómetros que unen San Jerónimo con la posta de El Encón, justo en el límite interprovincial con San Juan.

A medida que se adentraba en el territorio sanjuanino, las exigencias del entorno se multiplicaron drásticamente. El calor abrasador característico del desierto y las interminables rectas sin sombra ni infraestructura pusieron a prueba la preparación del joven mercedino. Uno de los momentos de mayor tensión del viaje ocurrió cuando las reservas de agua se agotaron por completo en medio de un tramo deshabitado, sumado a la imposibilidad de encontrar quioscos o almacenes abiertos en los pequeños parajes que cruzaba. Esta situación lo obligó a romper de forma abrupta con su rigurosa rutina alimentaria y nutricional previa.

Acostumbrado a cuidar minuciosamente cada ingesta antes de subir a la bicicleta para mantener el rendimiento deportivo, Fernando tuvo que adaptarse a la supervivencia pura en la ruta, consumiendo únicamente lo que aparecía al paso en cada parada obligada para no quedarse sin la energía básica que exigían las piernas.

Más allá del desgaste físico e hídrico, la travesía cobró un valor aún más simbólico al observar el equipamiento utilizado. Lejos de contar con una bicicleta de alta gama, fibra de carbono o tecnología de vanguardia adecuada para travesías de larga distancia, Barreda realizó todo el trayecto sobre una rodado 29 marca Firebird de prestaciones estándar y bastante pesada. El propio protagonista reconoció entre risas y resignación que no se trataba del mejor vehículo del mercado, pero dejó en claro que la voluntad siempre pesa más que la máquina. Con la convicción firme de que no hace falta contar con la mejor bicicleta del mundo para concretar grandes proezas, resumió su entrega total con una frase que resonó con fuerza: "Lo estoy dando todo".

El periplo del joven puntano no pasó desapercibido en el mundo digital. A través de sus redes sociales, fue registrando cada etapa del camino, mostrando las vicisitudes del clima, los parajes solitarios del desierto y el cansancio acumulado tras horas ininterrumpidas de pedaleo. La comunidad virtual siguió con atención minuto a minuto el avance del ciclista, sumando cientos de seguidores y mensajes de aliento a medida que se acercaba al destino final. La llegada al altar de Vallecito no solo representó el cumplimiento del tramo más exigente y angustiante de su promesa, sino también la demostración de que la fe, la constancia y la determinación personal son capaces de superar cualquier inclemencia del tiempo o de la ruta.

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