Calingasta es conocido, especialmente, por sus cielos: rodeado de cordillera y precordillera, con picos que todavía conservan glaciares, tiene uno de los cielos más diáfanos de toda Latinoamérica, tan puros que allí funciona el Complejo El Leoncito (CASLEO), uno de los observatorios astronómicos más importantes de la región.
Menos conocido es que esas mismas condiciones —altitud, amplitud térmica, ausencia de humedad— sean también la base de un vino que empieza a ganar terreno propio: el de la Bodega La Fortuna, de Mariana Roldán, que produce entre 7.000 y 9.000 botellas al año, con un techo de 12.000.
El proyecto nació en 2015 como microvinificaciones de apenas 250 litros por varietal, mientras Roldán todavía trabajaba como enóloga en una bodega de la Ciudad de San Juan y viajaba hasta Barreal para elaborarlas. Finalmente se mudó al valle en 2019 y recién en 2022 formalizó la bodega, con dos líneas que hoy conviven bajo un mismo sello de identidad: El Cruce, de tintos, y Zinnias, de blancos y rosados.
Las botellas de El Cruce y Zinnias, las dos líneas de Bodega La Fortuna, con la etiqueta que remite al paso de San Martín por Calingasta. Foto: gentileza Bodega La Fortuna / redes sociales.
El terroir de Calingasta no se replica en ningún otro valle sanjuanino
Pocos terroirs (combinación única de suelo, clima, relieve y la mano del hombre que le da a un vino su sabor y personalidad propios) del país ofrecen lo que Calingasta ofrece de forma natural. La altitud del valle, de entre 1.650 y 1.700 metros sobre el nivel del mar, produce una amplitud térmica diurna-nocturna de hasta 20°C: sol intenso de día, heladas de noche, en un anfiteatro natural de montañas nevadas. Esa oscilación engrosa la piel de la uva, y es justamente ahí donde se concentran los pigmentos, aromas y antioxidantes que después definen el carácter del vino. A eso se suma un clima seco que hace prácticamente innecesarios el azufre y los antifúngicos, una condición casi orgánica, lograda sin buscarla, que muy pocos valles del mundo pueden exhibir
Este contexto se traduce en dos líneas con personalidades distintas; El Cruce, la más tradicional, va de un joven/reserva hasta el Gran Reserva Malbec, con 18 meses de crianza en roble francés y unas 1.200 botellas por varietal y Zinnias, la línea más audaz, trabajada en partidas mínimas de 300 a 500 botellas: un Torrontés de crianza natural bajo velo, un rosado elaborado al estilo "naranjo" y el Canari, una variedad poco conocida y emparentada con los Pinot que la bodega declara en su etiqueta como varietal..
Todo empieza en invierno, cuando la planta descansa en fase latente y se aprovecha para podar y entonces proseguir con la floración, dada en verano. Finalmente es en febrero y marzo cuando se cosecha a mano, con tijera, en cajones plásticos de 20 kilos y de madrugada, para que la uva llegue en las mejores condiciones posibles a la bodega.
El agua que nace en la montaña y vuelve a la tierra
El riego del valle depende del deshielo del cordón andino: el río Los Patos baja desde la cordillera y, más adelante, se une al río Castaño para formar el San Juan, el principal de la provincia. La bodega está en la naciente misma de este recurso, lo que la vuelve menos vulnerable a los vaivenes hídricos que afectan a otras zonas del Tulum —una ventaja que Roldán no da por sentada: sostiene que garantizar que el agua llegue hasta el final del valle es una responsabilidad de todo el sector, no solo de quienes están río arriba. Parte de los viñedos con los que trabaja ya incorporaron riego por goteo; otros mantienen el riego a manto tradicional, por turnos entre regantes.
Esa relación de cuidado con el agua se repite puertas adentro de la bodega, donde no se genera prácticamente ningún residuo: hasta el agua utilizada en la limpieza, tratada con detergentes formulados para no dañar el ambiente, se recupera para riego. Los orujos —la piel y las semillas que quedan del prensado— vuelven a las mismas viñas como abono. Nada se pierde; todo, de alguna manera, regresa a la tierra que lo originó.
El vino, la puerta de entrada a Calingasta
El próximo paso no es producir más, sino ofrecer más alrededor de lo que ya se produce. La bodega proyecta terminar de refaccionar sus instalaciones para abrir, hacia fin de año, un espacio de eventos gastronómicos ligado al slow food, donde el vino funcione como excusa para una experiencia más amplia: el paisaje del valle, la historia detrás de cada marca —El Cruce remite al paso de San Martín por la zona, una travesía que la propia Roldán repitió el año pasado— y el contacto directo con quienes trabajan la tierra.
"El vino es cultura, es buenos momentos, es compartir", resume Roldán, sobre un proyecto que decidió medir su crecimiento en experiencia y calidad, y no en litros.