Cuando la agresión no se gestiona: un desafío urgente en nuestras escuelas

Por Lic. Alejandra Villagra Berrocá - Escritora

En estas últimas semanas, la provincia de San Juan se ha visto sacudida por una serie de amenazas que generan preocupación y desconcierto en la comunidad educativa. Primero fueron las falsas alarmas de bombas en escuelas; luego, mensajes que aluden a posibles tiroteos o presencia de armas. Más allá de su veracidad o no, estos hechos no pueden ser minimizados: ponen en evidencia un clima de tensión que atraviesa a estudiantes, familias y docentes, y obligan a preguntarse qué está ocurriendo en los modos de expresar el malestar.

La agresión forma parte de la experiencia humana. No es, en sí misma, negativa. Aparece ante la frustración, el enojo o la sensación de injusticia. El problema surge cuando no existen herramientas para gestionarla y se transforma en violencia. En muchas aulas, esto se traduce en estudiantes que reaccionan sin medir consecuencias, que no logran expresar lo que sienten con palabras o que recurren a la confrontación como única forma de respuesta.

En este punto, resulta clave comprender que las formas en que los niños y jóvenes piensan, sienten y actúan no se desarrollan de manera aislada, sino en interacción con otros. Tal como plantea Lev Vygotsky, es en el vínculo con adultos y pares donde se adquieren herramientas para organizar la experiencia interna. Cuando ese acompañamiento falta o es insuficiente, el malestar puede no encontrar palabras y expresarse directamente en la acción. Así, aquello que no logra elaborarse en el diálogo tiende a manifestarse de manera impulsiva.

Este fenómeno se ve atravesado por múltiples factores: situaciones de vulnerabilidad social, tensiones familiares, exposición a contenidos violentos en redes sociales y una cultura que, en ocasiones, naturaliza la agresión como forma de relación. A esto se suma una realidad institucional compleja, donde los tiempos escolares están ajustados y los equipos docentes deben atender simultáneamente lo pedagógico y lo vincular.

Resulta fundamental enseñar habilidades que muchas veces se dan por supuestas: escuchar, esperar, disentir sin agredir, ponerse en el lugar del otro. Estas capacidades no se desarrollan de forma espontánea, sino que requieren acompañamiento, práctica y coherencia por parte de los adultos. En este sentido, el docente no solo interviene cuando surge el conflicto, sino que trabaja de manera preventiva, construyendo un clima de respeto y confianza.

La familia, por su parte, tiene un rol insustituible. Los modos en que se resuelven los conflictos en el hogar, la presencia de límites claros y la posibilidad de diálogo influyen directamente en la manera en que niños y jóvenes gestionan sus emociones. En muchos casos, la escuela se encuentra con estudiantes que no han tenido oportunidades de desarrollar estas herramientas, lo que refuerza la necesidad de un trabajo conjunto entre familia e institución.

Este fenómeno se ve atravesado por múltiples factores: situaciones de vulnerabilidad social, tensiones familiares, exposición a contenidos violentos en redes sociales y una cultura que, en ocasiones, naturaliza la agresión como forma de relación. Este fenómeno se ve atravesado por múltiples factores: situaciones de vulnerabilidad social, tensiones familiares, exposición a contenidos violentos en redes sociales y una cultura que, en ocasiones, naturaliza la agresión como forma de relación.

Abordar la agresión también implica dejar de pensar la disciplina únicamente en términos de sanción. Si bien los límites son necesarios, por sí solos no garantizan aprendizajes. Es importante avanzar hacia propuestas que incluyan la reflexión, la reparación del daño y la construcción de acuerdos, favoreciendo una comprensión más profunda de las propias acciones.

Los hechos que hoy generan alarma no deben ser vistos como situaciones aisladas, sino como señales que interpelan a toda la comunidad. No se trata de generar miedo, sino de fortalecer el trabajo preventivo. La violencia no aparece de un momento a otro: se construye en pequeños gestos, en conflictos no resueltos, en emociones que no encuentran palabras.

En definitiva, gestionar la agresión en nuestras escuelas es un desafío que involucra a todos. No se trata de eliminar el conflicto, sino de enseñar a atravesarlo de manera constructiva. Formar estudiantes capaces de expresar lo que sienten, de respetar al otro y de encontrar alternativas al enfrentamiento es, hoy más que nunca, una tarea educativa urgente. Porque prevenir la violencia comienza en cada espacio donde se aprende a convivir.

¡Nos queda un largo camino por recorrer!

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