"Los suspiros son aire y van al aire// Las lágrimas son agua y van al mar// Dime, mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes tú adónde va?", se preguntaba el poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer (RIMA XXXVIII). Tal vez, la nostalgia permanente de su lira, le impidió entender que el amor no se va. Queda en nosotros nutriendo nuestra historia, pero sobre todo perfeccionando nuestro ser. Porque el amor humano, reflejo del amor de Dios, genera sentimientos y actitudes que nos permiten crecer como personas. Nada enseña tanto como el amor, en la difícil tarea de perdonar y pedir perdón. Ni la soberbia ni el rencor tienen cabida cuando el amor es sincero. 


El aprendizaje del amor

La primera experiencia del amor es la familia. Allí aprendemos el valor de darnos, del compartir y de la entrega silenciosa y abnegada. El amor humano encuentra en la familia una escuela de humanismo. Nos enseña la difícil tarea de convivir en la aceptación de las diferencias. Quien ama de forma auténtica y verdadera, siempre buscará tender puentes. Puede superar las barreras del egoísmo y ser pródigo en la entrega. La solidaridad, la sinceridad, la paciencia y el interés por el otro son parte del amor.

Salir al encuentro del otro, buscar su bien, es fruto de esa dimensión oblativa del amor. El amor es un continuo salir de mi mismo para buscar el bien del otro. Hay quienes piensan que en esa permanente entrega, el yo se va licuando. Como sí al darnos nos fuésemos vaciando. Cuando en realidad, en la entrega y en el sacrificio, mientras crecemos en virtud, nuestro yo se reafirma en su ser y en su vocación. Pero al mismo tiempo que reafirma nuestro ser, el amor nos permite vencer esa admiración desordenada y excesiva por uno mismo. "El que ama, se hace humilde. Aquellos que aman, por decirlo de alguna manera, renuncian a una parte de su narcisismo", según la frase atribuida a Sigmund Freud (1856-1939).


El amor es don y tarea

Amar es un don y una tarea al que todos estamos llamados. La persona está hecha para amar y ser amada, aunque no todos logremos vivirlo. El amor simplemente llega, por eso tiene algo de don, de gratis dado. Pero también es tarea que nos va perfeccionando como personas

Para el cristiano, además es una vocación. Un llamado que nos interpela desde que Dios nos crea y redime por amor. "El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor", nos recuerda San Juan (1 Juan 4:8). De allí que podamos afirmar que la fuente del amor humano es Dios. Desde que fuimos creador a su imagen y semejanza, sí Dios es amor, en nuestra alma hay semillas de amor. 

Dios es Amor, y por eso crea el mundo: para darse y comunicarse. "Dios crea no sólo porque es omnipotente, sino porque es Amor" (Cfr. Wojtyla, Karol, Signo de contradicción, BAC, Madrid 1979 (3ª ed), pp 26 ss.


El amor duele

El amor aporta cualidades al ser humano. Una de ellas es la capacidad de entrega y sacrificio. Madre Teresa decía al respecto: "ama hasta que duela y cuando te duela entenderás lo que es el amor". Y ese esfuerzo que implica el sacrificio, además de libre, es generoso, no busca reciprocidad. "Si duele es una buena señal" nos recordaba Madre Teresa. La señal de que hemos dejado atrás las barreras del amor egoísta y posesivo, para entrar a la fortaleza del verdadero amor. Claro que duele ver partir a los hijos buscando su destino, como duele renunciar al amor por el bien del otro. Pero es ese dolor el que confirma la fuerza del amor. El "Hago para que hagas" (Facio ut facias) principio del derecho contractual romano, es superado por el compromiso y entrega que implica el amor humano.

Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora Instituto de Bioética de la UCCuyo