Las movilizaciones sociales vividas por segunda vez en el país, en apenas 60 días, deberían ser un llamado de atención para todos los actores de la política, aunque algunos sectores hayan querido ignorar o menospreciar las protestas, pero también hubo quienes afirmaron que hay que abrir los oídos y los ojos a esta realidad.
Precisamente, la política es el arte de administrar la realidad. De ahí que, cuando la realidad se niega, se administran expectativas, sentimientos o palabras, pero no lo que acontece y, cuando la realidad se agrava, la política se convierte en razón de ser del malestar social. El pasado jueves se expresaron en la calle ciudadanos que sin representar una alternativa política han advertido lo difícil que resulta apoyar a quien administra la cosa pública ignorando lo que efectivamente ocurre. Allí reside el malestar central.
Muchos carteles y cánticos reclamaban simplemente aceptar y decir la verdad, al igual que respetar el valor supremo de la libertad y promover la seguridad de todos los ciudadanos. Fue la expresión de una sociedad que así como no quiere dádivas, tampoco acepta que los funcionarios le digan qué debe hacer con sus bienes, por ejemplo. Fue una protesta ante un Estado poco presente a la hora de proteger a la población de la delincuencia o de combatir la corrupción pública, pero paradójicamente, muy presente para controlar a cualquier ciudadano que aspira a ahorrar en moneda extranjera o a viajar al exterior.
Quienes se manifestaron no se consideraban golpistas por salir a la calle a reclamar sus derechos pacíficamente, sin gritar que se ponga fin al sistema democrático, sino solicitando alternancia en el poder, respetando el espíritu de la Constitución y de las instituciones. Hasta hoy no se explica por qué aún no se controla la inflación que todos perciben. Tampoco se presentan acciones eficaces para enfrentar el aumento de la criminalidad. Las palabras grandilocuentes que declaman protección para los que trabajan se chocan sin remedio con huelgas, piquetes y cortes de rutas que afectan a los trabajadores que pagan impuestos sobre sus salarios y también perjudican la competitividad de las empresas.
Democracia es algo más que votar periódicamente. Implica convivir en la diversidad, sin descalificar a quienes expresan una visión distinta. Pero hay un dato que no debe ignorarse: la protesta también se dirigió a una oposición egocéntrica que aún no consigue ofrecer una alternativa válida.
