Siempre he creído en la inspiración. Es cierto que a veces tarda en llegar, pero siempre está. Como nos recuerda el más romántico de los poetas españoles, Gustavo Adolfo Bécquer: "Mientras haya esperanzar y recuerdos ¡habrá poesía!” (Rima IV). Lo cierto es que tropecé con ella una tarde de abril de 2019. Todo comenzó cuando releyendo un viejo libro, encontré una rosa seca por el tiempo junto a una tarjeta con una frase de Saint Exupéry (aviador y escritor francés, 1900-1944). La máxima hablaba de la amistad y decía: "Tengo sed de un compañero que respete en mí, por encima de los litigios de la razón, el peregrino de aquel fuego”. Lo que vino después fue una cadena de sucesos simples que forman parte de la vida misma y ayudan al crecimiento personal. Los años enseñan que neciamente vivimos esperando hechos extraordinarios, cuando en realidad lo extraordinario está en el cómo afrontamos la vida cotidiana que nos toca vivir. Privilegio del humano, esto de volver sigiloso sobre sus pasos y releyendo su vida, sin la adrenalina de la urgencia, encontrar enseñanzas para llenar la alforja.

ADIÓS AL AMIGO

Rápidamente recordé que aquella rosa en el libro representaba el adiós a un amigo. Pero no todo terminaría allí. El destino suele dar piruetas increíbles. Paseando esa misma tarde por el barrio, observé a un hombre arreglando el jardín de una casa. En la esquina sobresalía un rosal que embellecía el lugar. Me acerqué para preguntarle sobre los cuidados que demandaba aquel florido arbusto. Me habló sobre los ocho pasos que demanda cuidar un rosal. Pero no fue esto lo que más me llamó la atención, sino su frase final: "para cuidar las rosas, lo primero es no tener miedo a sus espinas”. Vaya palabras, pensé, digna de unos versos de Arjona (cantautor guatemalteco). En realidad, Arjona que suele confundirme con las idas y vueltas de sus canciones, fue más contundente en un conocido tema: "O aprendes a querer la espina o no aceptes rosas” (Fuiste tú, 2011) Metáfora mediante, pensé en la ardua tarea de cuidar aquellas amistades que nos duelen. La imaginación hizo el resto poniendo nombre y rostro a aquellos que permanecen distante del rosal por miedo a las espinas. Claro que la mente que suele volar más alto que la pluma, partió a lugares de mayor profundidad. De última, la aceptación del otro en la alegoría de las rosas, habita en el terreno de los afectos que suelen zozobrar en el ancho mar de las diferencias. A no ser que superando los desencuentros seamos capaces de sentir como propias las emotivas palabras de Antoine de Saint- Exupéry en "Amigo mío”: "Sí difiero de ti, lejos de menoscabarte te engrandezco”.

A UNA ROSA

La rosa tiene una pedagogía propia. Esa enseñanza la captó la lira sobrenatural de Sor Juana Inés de la Cruz (religiosa y poetiza mejicana, 1651-1695), en su memorable soneto CXLVII "A una rosa”. Cuando digo sobrenatural no me refiero a un fenómeno mágico. Hablo de la inspiración de la que hace gala en toda su obra. Inspiración que no nos convierte en escribanos de ninguna musa ni mucho menos, de un Dios inspirador. La inspiración es un don de Dios que moviliza nuestra voluntad e inteligencia para querer y poder transmitir la idea que bulle en nuestra alma. Ni Miguel Ángel tuvo un pincel inerte ni fue yerte la pluma de Sor Juana. La pedagogía del soneto es pura inspiración. En la rosa hay una especie de altivez y arrogancia cercana a la soberbia. La salva la ignorancia. La rosa desconoce que su cuna será en breve su propia sepultura. No importa cuán bella luzca en el jardín, al final se marchita y muere. No es su presumida arrogancia la que nos enseña. La verdadera pedagogía de la rosa nos recuerda el sin sentido de la vanidad y la brevedad de la vida. Como bien nos señala Sor Juana: "Viviendo engañas y muriendo enseñas” (Soneto CXLVII).

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo