La muerte siempre ha sido la incógnita que ha acompañado al ser humano desde la creación. Sabemos que es cumplidora y llega siempre. No falta nunca. Y por ello en la antigüedad se mistificaba de diversas maneras el culto al último adiós. En San Juan, en la primera mitad del siglo XX el ritual de la muerte hasta tuvo negocios especiales. Se llamaban "las casas de luto”. Recuerdo una de ellas, "La Merino” que estaba en un alto y tenía escaleras para subir en una vereda angosta. Cuando ocurría un deceso se llamaba a esa casa y venían con las ropas adecuadas y talles para completar el ritual. Si era viuda tenían que ser los crespones y el velo cubriendo la cara. Ya se sabía que sería permanente. Era tan pesado ese vestuario que a los niños nos asustaban diciendo que si no tomábamos la sopa se nos iba a aparecer "la viuda”.
Si morían los padres era menor, pero había que cumplir por lo menos tres años rigurosos y tres de medio luto hasta sacarlo. Y cada miembro de la familia tenía su tiempo y sus telas. Se usaba sombrero. El hombre tenía que llevar en su brazo izquierdo una cinta negra. En la solapa un cintillo y corbata y sombrero negros. Los viudos eran los que llevaban la peor parte en tiempo.
Como no habían muchos medios de comunicación había imprentas pequeñas para hacer las tarjetas con los datos del difunto, hora y lugar del sepelio. Había chicos que recibían un pago para repartir los listados de vecinos y familiares.
Eva Perón murió el 26 de julio de 1952 y su esposo, el Presidente de la República, llevó su luto como era costumbre.
En Japón el luto es de color amarillo, pero nosotros heredamos las costumbres europeas.
Antes no había salas velatorias y estas ceremonias se realizaba en las casas, donde se servía café y copitas de anís. Muchos eran velados en sus propias camas hasta que llegaba el momento del sepelio. Los niños a quienes se llamaban "angelitos” se los vestía de blanco con alitas de papel crepé. El famoso "velorio del angelito” era hasta con música. Hay canciones como una de Buenaventura Luna que recuerda esto. Las solteras y los niños eran conducidos en carrozas blancas, siempre con caballos.
Recuerdo que la Av. Las Heras se llamaba Av. de la Paz porque conducía al cementerio de la Capital, la única vía que había. Tenía palmeras y era una calle muy respetada por ese motivo. Los días lunes se llamaban "de los difuntos” y la gente concurría con sus flores cultivadas en casa o coronas de papel. En el cementerio se distinguía la parte de tierra, de nichos y de los mausoleos.
Para el 31 de octubre, Día de los Muertos por la Patria y el 1 y 2 de noviembre, de Todos los Santos y de los Difuntos era una verdadera romería.Todos los micros que iban al cementerio tenían una marca con tiza blanca, y se hacían la ramaditas afuera en donde se freían pasteles y calentaban empanadas, y no faltaba la famosa granadina. Las bebidas alcohólicas eran pocas para que no se armaran reyertas, porque eran días de recordación y de silencio. Esos días eran feriados para que los que estaban lejos pudieran visitar a sus difuntos.
Cuando se produjo el sismo de 1944 las cosas fueron cambiando. En el lugar en donde se levantaban las ramaditas se cavaron fosas para llevar los muertos del terremoto y cremarlos. Eso se hacía de noche. Había tanto dolor y tanta destrucción. Recuerdo que don Manuel Jordán hizo un álbum de fotos con el título: "La ciudad de los muertos destruida” y se veía todo lo que había pasado dentro de esa necrópolis cuyo terreno fue donado por doña Borjas Toranzo de Zavalla, que es una de las patricias que pintó el escudo de la Bandera de Cabot.
Ilustramos esta nota con una foto en donde mi madre lleva luto por mis dos abuelos fallecidos en España y yo llevo medio luto por mis abuelos. Da la casualidad que ese día, que nos sacaron la foto en el centro de la ciudad, venía de recitar una larga poesía que había redactado el padre Fernando Herrera, párroco de La Merced para recibir al arzobispo monseñor Audino Rodríguez y Olmos. Me tocó hacerlo por las niñas de San Juan, y en el diario El Porvenir que dirigía el padre Silvino Martínez salió la información con media página del poema. Conservo devotamente ese diario.
La foto fue posible gracias a que en esa época siempre había un fotógrafo en la esquina de Rivadavia y Tucumán, y cuando uno pasaba era difícil no ser fotografiado. Gracias a ello tenemos este recuerdo tan especial.
