El miércoles pasado iniciamos la Cuaresma, tiempo litúrgico que nos prepara a la Pascua y que está marcado por tres prácticas fundamentales: oración, ayuno y limosna. Estos cuarenta días debieran ser propicios para orar más y mejor. Es la oración la que dilata el alma. Sólo así podremos volver a encontrar nuestra "verdad interior". El ayuno, es decir, alguna obra de mortificación y penitencia, que nos lleve a tener hambre de valores superiores. La limosna es expresión de misericordia y generosidad afectiva y efectiva, dando al que sufre indigencia, pero llegando al punto tal de darnos a nosotros mismos y perdonando en modo generoso. Nunca se perdona desde arriba, sino acercándose en un rincón, a la misma altura, en voz baja. El ejemplo nos lo ha brindado Juan Pablo II cuando fue a la cárcel a visitar a su agresor. Todos los que hemos visto esa fotografía, lo recordaremos. Así debería ser nuestra reconciliación.
El evangelio de hoy nos presenta a Jesús tentado en el desierto, donde se había retirado para hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches (Lc 4,1-13). El ayuno es una práctica que en la tradición religiosa significa la dependencia del hombre de aquel que es dador de toda comida y bebida: Dios (cf. Dt 8,3). El ayuno de "cuarenta días y cuarenta noches", no sólo indica la continuidad y la persistencia fiel, sino que también recuerda a las grandes figuras bíblicas: Moisés ayunó "cuarenta días y cuarenta noches" antes de recibir las tablas de la Ley (Ex 34,28; Dt 9,9); Elías caminó "cuarenta días y cuarenta noches" antes del encuentro con Dios sobre el monte Horeb (1 Re 19,8). "Cuarenta" es el número de la prueba. No sólo recuerda los cuarenta años del pueblo de Dios en el desierto, sino también los días del diluvio (Gen 7,19).
El desierto nos hace pensar en el largo camino del pueblo de Israel que, propiamente en la prueba, manifiesta su verdadera identidad. Es el lugar de la revelación del Mesías (cf. Mt 24,26). También es el ámbito de las fuerzas del mal, pero al mismo tiempo, de las definiciones. La primera tentación es la de transformar las piedras en pan, y podríamos definirla como "terrenal", ligada a la materialidad de las cosas: "Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes". Pero él respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Jesús con esa respuesta, confirma su adhesión a Dios, afirmando el primado de Él y su palabra, por sobre cualquier necesidad o exigencia, por más esenciales que éstas sean. Un Cristo dando pan tendría éxito enseguida. Una Iglesia dedicada a dar pan solamente, sería una Iglesia multitudinaria. Pero hay que vencer esta tentación con la respuesta que da Jesús. La comunidad de los creyentes debe anunciar esencialmente la palabra de Dios, aunque también tenga que dar pan material en ciertas situaciones de pobreza e indigencia.
La segunda forma de mesianismo, simbolizada por el tentador en el alero del Templo, -símbolo de la institución religiosa- se podría definir como "milagrera". Se esperaba la venida del Mesías por medio de manifestaciones prodigiosas en Sión, donde estaba ubicado el santuario. Es la tentación siempre actual, de buscar una religión mágica, publicitaria, que otorgue milagros o ayude a detener de modo inmediato el sufrimiento. Pero más que buscar los milagros de Dios hay que tratar de encontrar al Dios de los milagros. Esta prueba se resuelve en el rechazo de la falsa religiosidad, que antes que servir a Dios, pretende servirse de Dios. "Le llevó el diablo a la Ciudad Santa y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "A sus ángeles te encomendará, y en tus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna". Jesús le dijo: "También está escrito: "No tentarás al Señor tu Dios"".
La tercera tentación es la del mesianismo político: "El diablo le llevó a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: "Todo esto te daré si postrándote me adoras". Le dijo entonces Jesús: "Apártate Satanás, porque está escrito: "Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto". El tentador le promete el dominio y el poder político sobre la totalidad del mundo. Pero la condición puesta por el diablo es la adoración idolátrica. Esta tentación se resuelve en el rechazo del poder opresivo y egoísta. Las tentaciones vividas por Jesús siguen vigentes hoy. Habrá que morir a los gustos desordenados, a la comodidad entronizada y a los deseos desmedidos. Estas serán las premisas claves para ganar vida con el orden que lleva a Dios, el sacrificio que redime, y la medición en las apetencias que ayuda a crecer en madurez.
