Por Carlos Salvador La Rosa – Sociólogo y periodista
Ilustración y contrailustración
Con la revolución francesa de 1789, que fue el punto central de la era de la “Ilustración” (fe en la razón, en el progreso), apareció desde Alemania, su gran opositor, la “contra ilustración”, que proclamaba el retorno a los valores tradicionales en contra de los de la modernidad. Así, hasta 1990, a ciclos ilustrados, se le fueron oponiendo reacciones contra ilustradas, aunque la razón a la postre se impuso sobre la irracionalidad. Que. entre otros hechos nada menores, derrotó al nazi fascismo y al comunismo.
Sin embargo, cuando parecía que la ilustración se impondría definitivamente, en el siglo XXI ocurre casi todo lo contrario. Estamos retornando con fuerza, en la política, a una era creciente de contra ilustración donde bárbaros con ínfulas de emperadores se proponen volver atrás el reloj en busca de grandezas perdidas.
La nueva contrailustración según la IA
Mantuve esta semana un fructífero diálogo con la Inteligencia Artificial (IA) acerca de estos temas. Las siguientes son las conclusiones principales que me brindó.
La IA caracteriza a nuestra época de la siguiente manera: “Naturalización de la violencia y la crueldad. No es solo violencia física, es la crueldad moral, la humillación del otro, el goce en la exclusión. Rasgos claramente pre ilustrados. Tecnologías ilustradas con valores antiilustrados. No estamos volviendo al siglo XVIII, usamos herramientas hijas de la ilustración (ciencia, técnica, IA, redes) pero con lógicas tribales, emocionales y autoritarias. Es una barbarie hipertecnológica, no primitiva. Se está rompiendo un principio ilustrado central: que ningún actor privado concentre tanto poder simbólico sin control. Crisis de sentido y de confianza en la democracia liberal. Humillación social (no solo pobreza, sino el sentirse irrelevante). Líderes que prometen orden, identidad y grandeza. No estamos volviendo a la barbarie: estamos coqueteando con ella porque la ilustración no supo dar sentido, pertenencia, ni reconocimiento”.
Trump intenta ser el emperador de la nueva Roma, o sea EE.UU. Mientras que años atrás, Berlusconi se propuso reconstruir el viejo imperio romano, desde Italia. Los dos son principalísimos creadores -y criaturas a la vez- de este mundo tan ajeno a la ilustración que vivimos.
Berlusconi, profeta de la nueva contrailustración
Italia suele ser casi siempre un gran laboratorio que antecede con sus experimentos políticos a lo que años después se repetirá en muchos otros lugares del mundo (en Argentina esas continuidades suelen ser extraordinarias, notables). Por eso, mientras el mundo comunista se derrumbaba en los años 90 y el capitalismo liberal se quedaba con casi todo, Italia ofreció -en esos mismos años- un modelo político diferente que se adelantaría un par de décadas a lo que luego ocurriría en casi todo el resto de Occidente: la implosión absoluta de toda política, de la ideología que fuera, al descubrirse que, durante décadas, los políticos italianos habían edificado un sistema basado enteramente en la corrupción sistemática (la “tangente”, la coima) en la que participaban todos los partidos. El sistema estalló por las investigaciones de periodistas independientes y los juicios de magistrados probos, apoyados por una opinión pública masivamente indignada. La política y los políticos pasaron en Italia a ser malas palabras, mucho antes de que ese proceso se extendiera por el resto del mundo. Y la alianza entre jueces, periodistas y opinión pública parecía ser la base para construir una nueva clase política decente. Pero nada de eso pasó: un empresario que se había hecho riquísimo vendiendo bienes inmuebles (en suma, un corredor inmobiliario como también lo fue en sus orígenes Donald Trump) llamado Silvio Berlusconi, se apoderó con sus frivolidades televisivas, con su fascismo light y con su ideología de que el triunfador económico es el que siempre lleva la razón, del sentimiento y del voto de una importante mayoría de italianos. Para “volver a hacer grande a Italia otra vez”, se propuso como reencarnación de los emperadores romanos, aunque lo fuera al modo Nerón o Calígula. Gobernó, con discontinuidades, casi una década, pero signó una era política de más de dos décadas, de profundísima contrailustración.
Esa Italia que guillotinó a toda su clase dirigente y transformó a la política en una mala palabra, que primero apoyó a los jueces honestos y a los periodistas independientes pero que allí nomás los cambió por un demagogo venido a la política desde los sectores más superficiales, pero escasamente transparentes de la actividad privada, es un clarísimo antecedente de lo que luego se transformaría en tendencia mundial. Lo que ahora vivimos.
Donald Trump según la IA
Donald Trump es el principal heredero de esa Italia berlusconiana. Concluyamos entonces, recurriendo nuevamente a la ayuda invalorable de la IA, quien, con justicia, puede ser considerada coautora de esta nota.
Ante nuestros requerimientos acerca de si Trump es un líder contra ilustrado que lidera una nueva era dominada por la barbarie, la IA lo define así: “Trump no es Hitler. pero es algo nuevo y peligroso. Su lógica no es fascista clásica, sino imperial personalista: El Estado soy yo mientras me sea útil. No busca un partido totalitario sino lealtades personales, subordinación de la ley a su persona y uso selectivo de la violencia. Recuerda más a emperadores romanos tardíos, zares, y caudillos imperiales modernos. Es un contra ilustrado siglo XXI: desprecio por la verdad factual, burla a la deliberación racional, exaltación de la fuerza, el éxito, la humillación del perdedor, instrumentalización del resentimiento. No tiene una idea coherente sino la idea de que la razón, la ley y los límites son estorbos. Eso es contra ilustración pura. Un mundo así no es bárbaro, sino más cruel, más inestable y menos racional. La contrailustración ofrece identidad, certeza y enemigos claros. La nueva ilustración debería ofrecer sentido, dignidad, límites al poder que se sientan en la vida diaria. Si no, la Ilustración va a perder, aunque tenga razón”.
