La soberanía de cualquier país es un principio fundamental e inviolable del derecho internacional, consagrado en la Carta de la Organización Internacional de Naciones Unidas (ONU), que se basa en la igualdad e independencia de todos los estados miembros y en la no intervención en sus asuntos internos. Nadie puede discutirlo, aun cuando desde hace varias décadas la ONU ha dejado de cumplir fehacientemente sus principios, demostrando incapacidad para prevenir o evitar grandes conflictos, como los actuales de Ucrania y Gaza, entre otros. En esa línea, demás está decir que todo Estado tiene el derecho inalienable de elegir su sistema político, económico, social y cultural, sin injerencia en ninguna forma por parte de ningún otro Estado.

Pero esos sabios conceptos sobre soberanía, democracia y respeto a la voluntad popular a veces comienzan a ser zarandeados y finalmente violados desde el interior mismo de un país cuando sus gobernantes, autodenominados “salvadores de la patria”, vulneran de un dia para otro la Constitución y niegan a la oposición toda participación en el destino del país. Y ese es el caso de la Venezuela de nuestros días, bajo el mando de Nicolás Maduro y desde tiempos de su antecesor y mentor, Hugo Chávez, donde se persigue, se detiene, se tortura y condena duramente a aquellos que se expresan contrarios a la postura del líder político que ocupa el sillón presidencial. Como el caso, entre tantos, de Nahuel Gallo, el gendarme argentino, detenido y presuntamente secuestrado por funcionarios venezolanos el 8 de diciembre de 2024 en Venezuela, por órdenes del régimen chavista, lo que ha provocado una tensión diplomática y política con Argentina, sin respuesta alguna aún.

Es en esos momentos en que se abre la puerta de la dictadura sin tiempo. Y nunca con la idea de llamar a elecciones en un periodo prudencial y devolver al pueblo su legitimidad constitucional de gobernar. Sino para quedarse a vivir en el poder. Y quienes abusan así del poder, ya no son de izquierda ni de derechas, sino ni más ni menos que fascistas, es decir responden a una ideología política autoritaria, nacionalista y antidemocrática, con culto a un líder carismático, militar o no, que impone de entrada la supresión de las libertades individuales.

Así, “olvidan” convocar a elecciones generales, o si las convocan, como en Venezuela en mayo de 2024, el oficialismo de Nicolás Maduro pierde, pero no acepta los resultados y sigue gobernando con la mentira de haber triunfado, exhibiendo resultados falsos. En esos momentos la oposición rechaza las cifras, declarando que Edmundo González, de la mano de la dirigente María Corina Machado, reciente premio Nobel de la Paz, había sido el vencedor con casi el 70 % de los votos, según las actas electorales de que disponían. A su vez, otros candidatos como Enrique Márquez, Claudio Fermín y Antonio Ecarri también exigieron la publicación de las actas de escrutinio, y en el exterior hubo varios países que manifestaron su rechazo a esos resultados anunciados desde el Gobierno, pidiendo al unísono que se publicaran las actas de escrutinio. La fórmula opositora triunfante digitalizó las actas de los comicios a través de su portal creado para estos comicios, demostrando que Edmundo González había obtenido el 67%, con 7.119.768 votos, frente al 30% con 3.225.819 votos de Nicolás Maduro. Mientras tanto, el líder venezolano en el poder ya había sido imputado por un gran Jurado Federal en Nueva York, en 2020, acusado de dirigir durante décadas una red de narcotráfico vinculada a las FARC y de utilizar la cocaína como arma contra EE.UU.

Pero lo que acaba de ocurrir en la capital de Venezuela ha sorprendido al mundo, más allá de los anuncios del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que se venían conociendo en los últimos días, y en los que se aseguraba que el plan era destituir y mandar a la justicia al presidente Maduro, bajo la acusación de “conspiración narcoterrorista, conspiración para importar cocaína, posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos contra Estados Unidos”, según la fiscal general de ese país, Pam Bondi. Esta información se conoció, precisamente, poco despues de que Maduro fuera capturado en Caracas en la madrugada de este sábado 3 de enero. Semanas antes Trump había advertido sobre posibles ataques terrestres dirigidos a cárteles de la droga en la región, y aparentemente este es el primer caso.

El propio presidente norteamericano explicó detalles de la detención (que debería llamarse primero invasión) y señaló que, tras operaciones militares a gran escala, lograron capturar al mandatario venezolano y a su esposa, Cilia Adela Flores, “quienes serán llevados fuera del país”, como consecuencia de la imputación registrada en el Distrito Sur de Nueva York con sede en Manhattan. La propuesta de invadir Venezuela ya había sido un plan considerado por el presidente Trump durante su primera presidencia, y como consecuencia de la citada investigación por narcoterrorismo, y tráfico internacional de drogas durante décadas. Así, Maduro ya había sido imputado por un “gran jurado federal” el 26 de marzo de 2020. El delito de narcoterrorismo contempla en aquel país una pena mínima obligatoria de 20 años de prisión y una pena máxima de cadena perpetua.

Pero los 6.906.690 ciudadanos venezolanos refugiados por cuestiones políticas en América Latina y el Caribe, según cifras del 2025, y 220.000 de ellos en Argentina, según la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela, han observado con felicidad lo sucedido en las últimas horas con su presidente. Las plazas principales de las capitales de Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Colombia, Perú y España, entre otros países, se vieron colmadas con venezolanos y ciudadanos de cada uno de estas ciudades esgrimiendo la bandera patria venezolana y con canticos alusivos a la libertad y a los deseos de volver al país para reunirse con sus respectivas familias despues de casi veinte años. El caso de nuestro país recuerda lo sucedido al revés, entre 1976 y 1983, cuando bajo la dictadura cívico militar, centenares de argentinos fueron recibidos como exiliados en Venezuela.

Finalmente, recordemos que el chavismo, representado por Maduro es una ideología política surgida en Venezuela e inspirada en los ideales de Hugo Chávez, quien gobernó ese país entre 1999 y 2013, identificado hasta hoy como un movimiento cívico-militar de orientación socialista y bolivariana. El trabajo de Maduro fue continuar los ejes de esa revolución bolivariana, pero con resultados cada dia más negativos para la población venezolana, 28.5 millones de habitantes según el último censo, que viven sin libertades y sometidos a una de las peores crisis económicas de la historia moderna, a raíz de la hiperinflación, escasez y deterioro de los servicios básicos.