Carlos Salvador La Rosa – Sociólogo y periodista
A Donald Trump le importa tres pepinos cualquier ideología, ni la tiene, ni la siente por dentro ni la pregona por fuera. Es un nacionalista expansivo, quiere proteger los intereses vitales de su país y para que China no se le infiltre por su patio trasero le está dando enorme importancia geopolítica a América Latina, lo que hace décadas ningún gobierno yanqui nos dio, ni para dominarnos ni para ayudarnos. Trump quiere hacer con nosotros las dos cosas. Simbólicamente ya ofreció muestras de ambas: le ofreció una especie de neo Plan Marshall a la Argentina si votaba a Milei y le secuestró nada menos que su presidente a Venezuela para obligar al régimen a postrarse a sus pies. Salvó al bueno y castigó al malo, todo con el fin de hacer grande a su país otra vez.
Ahora bien, hay una idea con la que este artículo quisiera debatir: la de que estamos viviendo el fracaso de los acuerdos que crearon el mundo de la posguerra a partir de 1945. Vale decir, la de la alianza militar, política y económica entre EEUU y Europa y la de la guerra fría entre dos sistemas ideológicos en feroz pugna, uno liderado por EEUU y el otro por Rusia.
Lo que nadie dice es que esa era de la posguerra fue exitosa desde que empezó hasta que terminó: empezó, sí, en 1945, pero terminó no ahora sino en 1990 cuando el mundo occidental capitalista se impuso sobre el comunismo. Y entonces apareció otra era en 1990: la que se llamó “el fin de la historia”. idea que divulgó el escritor Francis Fukuyama, queriendo expresar con ese término que la guerra definitiva la había ganado Occidente y que de allí en más lo único que quedaba era inculcar en la humanidad entera las únicas dos ideas políticas universales que habían quedado en pie: la democracia liberal y el capitalismo económico. Estrategia que evidentemente fracasó porque la globalización no democratizó ningún país que no lo estaba, y hasta incluso, debilitó las instituciones democráticas en los democráticos.
En consecuencia, lo que ahora estamos viendo, no es el fracaso de la era de la posguerra, sino de la ilusión del fin de la historia que la caída de la URSS produjo en Occidente. Estamos viviendo el fin de la idea del fin de la historia. Y en su reemplazo llegó la nueva era que intenta hegemonizar Trump y junto a él, al decir del escritor italiano Giuliano da Empoli, los nuevos depredadores que están acabando con el sistema global instaurado luego de la caída de la URSS, pasándole una aplanadora por arriba, pero sin ofrecer a cambio nada más que la mera destrucción, sin proyecto alguno, sin utopía, puro nacionalismo expansivo como nueva estrategia de los viejos imperios. O sea, que cada uno se salve como pueda, y los poderosos primero.
Ahora estamos en la etapa de la lucha por el poder desnudo. Sus líderes vienen a apurar la caída de todas las instituciones (nacionales, internacionales y globales) que se caen solas por pura impotencia y a barrer los escombros de un mundo que va desapareciendo, pero no tienen la menor idea de cómo construir un nuevo edificio para mejorar la vida de la humanidad.
Ahora, es cierto que entre los depredadores hay diferencias enormes, aunque formen parte de una misma especie.
Donald Trump, mucho más inteligente que Putin para imponer su nacionalismo expansivo. lo hace avanzando sobre Venezuela logrando la simpatía de todos los venezolanos porque secuestró un dictador genocida y criminal (y para más alegría suya, dictador apoyado por la progresía mundial cuya estupidez para tirarse tiros en los pies y ahora hasta en el corazón, es insuperable). Se le critica, además, desde la formalidad de las instituciones que avasalla, algo que cada vez le importa a menos gente. O sea que hoy por hoy no hay por donde darle al rey yanqui. Sin que ello permita asegurar el éxito de ese extraño experimento de querer liberar Venezuela de la tiranía convirtiéndose en el jefe de la misma estructura tiránica. Pero no nos olvidemos que su fin prioritario no es salvar a Venezuela sino asegurarse el dominio de América Latina en sus manos
Putin, en cambio, para reconstruir el imperio ruso, lo hizo atacando a un país que se negó a entregar su libertad y defendió su tierra y su dignidad a través del patriotismo, al modo de aquellas gloriosas guerras nacionales contra los invasores imperiales. Los ucranianos son un remake de los 300 espartanos que ofrendaron su vida en pleno combate contra el infinitamente más poderoso despotismo oriental, salvando la libertad de aquella Grecia cuna de la civilización.
En tanto, mientras los viejos imperios reconstruyen sus espacios vitales desde el nacionalismo expansivo, China ocupa el papel imperial vacío, inaugurando supermercados chinos por todo el mundo, cada vez más surtidos, donde hasta hace poco vendían productos baratos y malos. Hoy los siguen vendiendo baratos, pero son cada día mejores. Ellos no le temen al mundo, como los depredadores que sólo buscan protegerse de las amenazas externas a sus intereses meramente nacionalistas, sino que quieren conquistar al mundo y, al menos por ahora, por medios en general pacíficos. Hasta el momento son los grandes ganadores de esta nueva etapa.
Por eso Trump necesita desesperadamente impedir que China se le quede hasta con América Latina. Eso es lo verdaderamente importante para el líder norteamericano. El petróleo es la zanahoria con que quiere convencer a sus votantes y a sus empresarios que todo lo hace para hacer grande a EEUU de nuevo. Pero su miedo es que la que termine siendo grande sea China.
