Observatorio de Inteligencia Artificial – Universidad Católica de Cuyo

La Inteligencia Artificial ya está en la escuela, aunque no figure en los programas oficiales ni en los diseños curriculares. Está en los celulares de los alumnos, en las computadoras de sus casas y en las plataformas digitales que utilizan a diario. Está presente cuando un estudiante resume un texto con ayuda de una aplicación, cuando genera ideas para un trabajo práctico o cuando busca explicar un concepto que no entendió en clase. Frente a este escenario, el sistema educativo parece debatirse entre tres respuestas posibles: prohibir, ignorar o educar.

La primera reacción, casi instintiva, suele ser la prohibición. Prohibir el uso de herramientas de Inteligencia Artificial en tareas, exámenes o trabajos escolares parte de una preocupación legítima: el miedo a la copia, al plagio y a la pérdida del esfuerzo individual. Sin embargo, la experiencia demuestra que las prohibiciones tecnológicas rara vez funcionan. Ocurrió con las calculadoras, con internet y con los teléfonos móviles. La tecnología no desaparece porque se la prohíba; simplemente se vuelve invisible para la institución y se traslada fuera del aula. Prohibir la Inteligencia Artificial no evita su uso, solo impide discutirlo de manera abierta y pedagógica.

La escuela se enfrenta a tres caminos frente a la Inteligencia Artificial: prohibirla, ignorarla o educar para su uso crítico y responsable.

La segunda opción, aún más problemática, es ignorar el fenómeno. Hacer como si la Inteligencia Artificial no existiera, no capacitar a los docentes, no revisar los sistemas de evaluación y no abrir espacios de debate genera una consecuencia directa: la profundización de la desigualdad educativa. Algunos alumnos, por capital cultural o acceso a información, aprenderán a usar estas herramientas de manera estratégica. Otros no. La escuela, al no intervenir, deja librado el aprendizaje a las condiciones de origen. Ignorar la Inteligencia Artificial no es neutral: amplifica las brechas y debilita el rol igualador que históricamente tuvo la educación.

La tercera alternativa, y la única verdaderamente responsable, es educar. Educar no significa incorporar la Inteligencia Artificial de manera acrítica ni celebrarla como solución mágica. Significa asumir que existe y que llegó para quedarse, y que por lo tanto debe ser integrada con criterios pedagógicos claros. Educar implica enseñar a los estudiantes qué es la Inteligencia Artificial, cómo funciona, qué puede hacer y, sobre todo, qué no puede hacer. Implica formar en el uso responsable, en la verificación de la información, en la reflexión crítica y en la toma de decisiones conscientes.

Este desafío también interpela directamente al rol docente. Lejos de reemplazarlo, la Inteligencia Artificial refuerza la necesidad de docentes con capacidad de mediación, de orientación y de formación ética. El docente deja de ser solo transmisor de contenidos para convertirse en guía del aprendizaje, en quien ayuda a formular buenas preguntas, a evaluar procesos y a construir sentido. Esto exige repensar las prácticas de evaluación, las tareas domiciliarias y los formatos tradicionales que hoy resultan insuficientes frente a un nuevo escenario tecnológico.

La escuela siempre ha llegado tarde a las grandes transformaciones tecnológicas. Sin embargo, todavía está a tiempo de decidir qué lugar quiere ocupar frente a la Inteligencia Artificial. Puede optar por una educación empobrecida, basada en la negación y el control, o por una educación más rica, crítica y contextualizada. La Inteligencia Artificial no va a decidir el futuro de la educación. Pero la forma en que la escuela responda hoy, sin dudas, sí lo hará.