Por Carlos Salvador La Rosa
Por Carlos Salvador La Rosa
Sociólogo y periodista
Juan Domingo Perón solía decir que toda revolución para imponerse debe realizar cuatro etapas: la doctrinaria, la de la toma del poder, la dogmática y la institucional. Fracasa si no triunfa en las cuatro. Si triunfa, se consolida definitivamente.
A su manera, haya leído o no a Perón, Javier Milei está intentando hacer algo parecido desde que asumió la presidencia.
La primera etapa, la doctrinaria, es cuando se sientan las ideas esenciales con la cuales se piensa gestionar la revolución. Perón pudo empezar a imponer su doctrina (en particular las leyes laborales) durante los años 1943-46, o sea antes de llegar a la presidencia, porque formó parte sustancial del gobierno militar. En cambio, Milei, debió dedicar todo su primer año de gobierno a la etapa doctrinaria, porque para gobernar era imprescindible cambiar todo el marco legislativo que Perón ya tenía cambiado cuando asumió. Lo inició con la ley bases y con el primer DNU que era un catálogo interminable de disposiciones anti regulatorias. Las impuso solo en parte porque su gobierno era minoritario, pero lo cierto es que terminó el 2024 mejor posicionado que cuando asumió, por justificadas razones.
La segunda etapa revolucionaria es “la toma del poder”, o sea cuando se crean los instrumentos gubernamentales y partidarios con los cuales consolidar en forma centralizada los logros iniciales, desprendiéndose de sus apoyos coyunturales y apropiándose entera y exclusivamente de los mismos el líder de la revolución. Esa etapa la inició Perón exactamente el mismo día en que llegó a la presidencia, donde lo primero que hizo fue crear el “Partido Único de la Revolución” (futuro Partido Justicialista, y muy similar en su construcción al partido La Libertad Avanza), por el cual obligó a todos sus hasta entonces aliados a afiliarse al mismo o quedar fuera del gobierno.
El libertario, a diferencia del General, inició su etapa de la toma del poder en el segundo año de su gobierno, en 2025. Sin embargo, no se vaya a creer que a Milei no le costó tanto como a Perón eso de querer crear su propio partido único y cooptar o acabar con todos sus aliados. Se debió pelear con la mayoría de los gobernadores que le votaron todas las leyes en 2024 pero que en 2025 no le votaron ninguna. Y la economía empezó a trastabillar como nunca antes. Todo ello generó una crisis política y económica de magnitud que llevó a mucha gente, incluso a Donald Trump a decir: “Milei estaba perdiendo las elecciones, y yo lo apoyé y ganó con una victoria aplastante”.
Lo cierto es que por las razones que fuera, Milei ganó. Y la realidad, que es la única verdad, entonces, nos dice lo siguiente: Milei, a fines de 2024, habiendo hecho un buen primer año de gobierno terminó con la popularidad por las nubes. Pero Milei, a fines de 2025, habiendo hecho un segundo año de gobierno muchísimo peor que el primero, también terminó con la popularidad por las nubes. Como si los efectos de la realidad no lo tocaran. Como que estuviera colocado más allá del bien y del mal. Las cosas no son por supuesto así, pero al menos metafóricamente, expresémoslas así.
Si en 2026 Milei sigue con la lógica de Perón, con la cual tan bien le viene yendo, deberá entrar en la tercera etapa, la dogmática, que así era definida por el viejo General: “la dogmática es la fase de afirmación y extensión ideológica. la doctrina llevada a la práctica militante”. O sea, inculcar en los cuadros políticos propios el pensamiento mileista puro (sin infiltraciones ñoñistas, macristas, radicales, vale decir aliancistas) para que, con esos soldados leales de la revolución pueda en 2027 iniciar la última etapa de la revolución: la institucional. Que consiste en la “consolidación en estructuras políticas y sociales duraderas del mileismo”. Con casi todas las provincias en manos de gobernadores de LLA y con el Congreso con mayorías propias. El inicio del milenio mileista. Ese es, sin dudas, su gran proyecto político.
Perón, en su tiempo, explicó los pasos que había qué cumplir para hacer una revolución. Hoy Milei, en las antípodas del pensamiento del viejo General, pareciera estar haciendo algo parecido. Con todo lo bueno y lo malo que esas fórmulas traen consigo.
Habrá que ver qué entiende Milei por “afirmación y extensión ideológica” para iniciar la etapa dogmática. Hasta ahora lo hizo de la peor de todas las formas posibles. Regalándole a cada uno de sus principales funcionarios un libro llamado “Defender lo indefendible” de un impresentable autor llamado Walter Block, un viejo texto de manual anarcolibertario de ultraderecha, muchas de cuyas afirmaciones y recetas, aparte de inmorales están al borde de la incitación al delito (si no son de por sí un delito).
Ahora bien, si Milei no se marea con el poder y sabe aprender de todo lo que vivió durante esos dos años, quizá las cosas no sean tan preocupantes. Y sin resignar un ápice sus ambiciones personales (cosa natural en todo político, bueno o malo, se reconozca o no como político) en vez de dogmatizar a sus funcionarios de gobierno obligándoles a adherir a textos atroces en pos de batallas culturales irrealizables, los “dogmatiza” para que lleven hasta las últimas instancias las propuestas programáticas incluidas en su ley bases y en sus reformas estructurales, todo, absolutamente todo, será para mejor. Y podrá, entonces, quizá en su último año lograr legítimamente la etapa de institucionalización sólida del mileismo como una tradición política más en la Argentina. Que seguirá o no gobernando, según la decisión soberana del pueblo, quien por ahora no está pensando en celestiales (o demoníacas) batallas culturales sino en terrestres y concretas batallas diarias de sobrevivencia. Las únicas batallas en la que importa que triunfe Milei.