Por Rosendo Fraga – Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría

Las diferencias generadas en la región por la intervención estadounidense en Venezuela ha afectado la firma del acuerdo negociado entre el Mercosur y la UE, que tiene lugar el 17 de enero.

La sede del encuentro será Asunción, la capital de Paraguay, donde tiene lugar la próxima cumbre semestral de presidentes del grupo. Los cuatro gobiernos firmantes (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) han calificado de histórica esta firma, tras un cuarto de siglo de largas, complejas y contradictorias negociaciones.

La suma de los cuatro países del Mercosur y los veintisiete de la Unión Europea representa aproximadamente el 10% de la población mundial. No hay hoy un mercado común tan grande. Para la UE es un éxito, sobre todo por el momento en el que llega, con Estados Unidos subestimando y criticando a Europa como actor estratégico y al mismo tiempo a la OTAN, a la cual pertenece la casi totalidad de estos países.

El discurso de que Europa ha perdido poder, protagonismo y voluntad planteado por Trump, a veces en forma directa y otras indirectamente, ha ganado espacio en el ámbito mundial. La estructura productiva de ambos bloques hace que la industria se vea perjudicada por el acuerdo en el Mercosur y que los alimentos lo sean en la Unión Europea. Pero las diferencias entre los presidentes de Brasil y Argentina por razones políticas se han agravado con el conflicto desatado en la región por la intervención estadounidense en Venezuela.

Trump ha convocado a las grandes petroleras estadounidenses a que inviertan en una Venezuela alineada con Washington.

Es que la visión que tienen los tres países más grandes de la región (Brasil, México y Colombia) está enfrentada con la que sostienen la decena de países que siguen la línea de Trump, liderados por Argentina. Los tres primeros mantienen una actitud crítica respecto a la detención de Maduro, en la cual piensan que se ha violado la soberanía nacional y no se han respetado las normas jurídicas internacionales vigentes en el ámbito de las Naciones Unidas.

La presidente mexicana Claudia Sheinbaum ha criticado la posibilidad de que tropas estadounidenses se desplieguen en territorio mexicano para realizar operaciones contra los carteles de la droga. A su vez, el presidente colombiano, Gustavo Petro, ha tenido un enfrentamiento personal con Donald Trump, que se atenuó tras una comunicación telefónica entre ambos. Pero la diplomacia colombiana mantiene una posición crítica respecto al operativo militar estadounidense.

Brasil, por su parte, busca articular su diplomacia con ambos países, oponiéndose a la actitud que Estados Unidos ha llevado adelante pero con un discurso más moderado que el que plantean los virtuales “aliados” del madurismo en la región, de los cuales ya quedan pocos, como es el caso de Cuba y Nicaragua. El presidente argentino Javier Milei llevó adelante en redes sociales una campaña contra Lula, acusándolo de ser “pro comunista” al no apoyar la operación estadounidense en Venezuela.

Este fue uno de los factores que hizo entrar en crisis la ya debilitada relación entre ambos y que provocó la decisión del presidente brasileño de no hacerse presente en el acto de Asunción.

Mientras tanto, la estrategia estadounidense en Venezuela se desarrolla en un marco de creciente concentración de poder por parte de Washington, pero a la vez de ambiguas y contradictorias posiciones hacia su gobierno. Formalmente fue el Secretario de Estado Marco Rubio quien expuso la estrategia de la Casa Blanca. Primero vendría la estabilización, que implica evitar que tengan lugar reacciones militares de secciones del madurismo.

Segundo la recuperación, que viene a ser la puesta en marcha de la política de apertura petrolera. En tercer lugar la transición, que es la realización del proceso electoral que completará la institucionalización de un gobierno democrático, supuestamente encabezado por figuras como María Corina Machado y Edmundo González Urrutia. No es un proceso sencillo ni que pueda tener hoy plazos precisos.

El inicio de la segunda etapa, que es la apertura petrolera, está resultando más difícil de lo que parecía. Trump ha convocado a las grandes petroleras estadounidenses a que inviertan en una Venezuela alineada con Washington. Pero el entusiasmo ha sido bajo. Los inversores como Exxon y Chevron no tienen las certezas necesarias, dado lo frágil de la situación política, para invertir en un país que ha tenido varios antecedentes de estatizaciones. Si bien es cierto que Venezuela tiene las mayores reservas petrolíferas del mundo (17% del total), la inversión necesaria para poner en valor esta riqueza es superior a la que inicialmente se pensaba. Las perspectivas de largo plazo del precio del crudo no son muy positivas por el crecimiento del consumo de energías renovables y eso baja el valor del petróleo a futuro. En este contexto, las perspectivas económicas de la etapa de recuperación ya se han reducido. En cuanto a la transición, no parece clara.

En lo inmediato el problema central es hasta cuándo se va a mantener bajo control el millón de personas armadas por el oficialismo y que le sigue respondiendo disciplinadamente. En cuanto al ámbito internacional, Estados Unidos ha continuado con la captura de buques petroleros rusos que transportan petróleo venezolano y venden violando las sanciones estadounidenses a China, que adquiere el 80% del petróleo exportado por el país latinoamericano.