Los datos recientes del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) sobre el crecimiento de las exportaciones en febrero de 2026 parecen un respiro necesario para una industria que atraviesa uno de sus momentos más críticos en décadas. Aunque el aumento del 8,5% en los envíos totales y el salto del 55,7% en el vino a granel son cifras positivas, ocurren en un escenario de extrema fragilidad.
El sector enfrenta una tormenta perfecta: el consumo interno se ha desplomado a mínimos históricos de apenas 16 litros per cápita, los costos de producción no dejan de subir y cientos de viñedos han desaparecido en los últimos dos años debido a la falta de rentabilidad.
Este incremento en las ventas al exterior, que sumaron 15.477.000 litros, funciona más como una válvula de escape para descomprimir los excedentes de stock que como un indicador de bonanza real. El protagonismo del vino a granel sobre el fraccionado sugiere que las bodegas están optando por desprenderse de volumen a precios competitivos para obtener liquidez inmediata, en un contexto donde el financiamiento es escaso y muchas empresas icónicas del sector están bajo una fuerte presión financiera.
Incluso el buen desempeño del mosto concentrado, que creció un 12,7% con 6.832 toneladas exportadas, debe leerse bajo este prisma de supervivencia. Para muchos productores, el mosto se ha convertido en el único destino viable ante una demanda doméstica que no convalida aumentos de precios y un mercado externo que, si bien muestra señales de recuperación, todavía no logra compensar las pérdidas estructurales de la cadena.
En definitiva, los números de febrero son un bálsamo estadístico, pero la crisis de fondo sigue latente en cada hectárea de la región cuyana.