28 de marzo de 2026 - 12:35

Réquiem de Mozart en la Catedral: una experiencia trascendente

Un templo colmado ovacionó la presentación de la Orquesta Sinfónica y el Coro Vocacional de la UNSJ, el viernes pasado por la noche.

No cabía un alma. No solo los bancos estaban todos ocupados. No había lugar -incluidos pasillos y espacios alrededor del altar- donde no estuviera un niño, un joven o un adulto, ya fuera de pie, sentado en sillas que había dispuesto el templo, o en el piso. El fuerte murmullo típico de la previa mermó cuando el Padre Andrés Riveros tomó el micrófono e introdujo a los presentes, fieles y espectadores, a lo que pronto terminaría de tomar cada resquicio del lugar. Y luego de los aplausos de rigor para recibir al director, el M° Wolfgang Wengenroth, se hizo un silencio total, absoluto. Entonces, los primeros acordes del Introitus – Réquiem Aeternam dieron inicio al fabuloso espectáculo que el viernes por la noche tuvo lugar en la Catedral de San Juan: El Réquiem de Mozart, a cargo de la Orquesta Sinfónica y el Coro Vocacional de la FFHA – UNSJ.

Fue una apuesta acertada. Oportuna alianza: la obra de Mozart, en tiempo de Cuaresma y en ese escenario... Si hasta el moderno Cristo de la Misericordia parecía, desde la altura, contemplar con regocijo lo que allí estaba ocurriendo.

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El Padre Andrés Riveros, de la Catedral, hizo la introducción a la obra

El Padre Andrés Riveros, de la Catedral, hizo la introducción a la obra

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El público colmó la Catedral sanjuanina para escuchar el Réquiem de Mozart

El público colmó la Catedral sanjuanina para escuchar el Réquiem de Mozart

El Réquiem

Con su amplio espectro de potencias y emociones, el genial compositor propone en una de sus obras cumbre un sinuoso y profundo viaje interior, que revela la finita y frágil existencia humana ante algo infinitamente superior. Así, transita, por ejemplo, desde el arrollador dramatismo de Dies Irae(que anuncia el juicio final: “Día de la ira, aquel día en que el mundo se disolverá en cenizas…”) o el intenso Rex Tremendae (que presenta al majestuoso Rey, que también es “fuente de piedad”, pidiendo salvación) hasta la conmovedora y suplicante Lacrimosa (“Día de lágrimas aquel, en que resurgirá del polvo el hombre reo para ser juzgado. Ten piedad de él, oh Dios…”).

“El Réquiem de Mozart no es únicamente una despedida, sino una afirmación de la dignidad humana frene al misterio de la muerte. Su música oscila entre la angustia y la paz, entre el juicio y la compasión, ofreciendo una visón profundamente humana del tránsito final”, explicaba el programa que repartieron a los presentes sobre esta "Misa de difuntos", que quedó inconclusa a la muerte de Mozart, en 1791, siendo completada por Franz Xaver Süssmayr, su discípulo y copista.

Un gran equipo

Pero para trasladar al público semejante obra, hace falta quien la interprete, en todo el sentido del término. Allí estuvieron los músicos de la Sinfónica, los cantantes solistas -María Milagros García Nacif, Marta Bliska, Francisco Castillo y Fernando Lazari- y los coreutas del Vocacional (dirigido por Monica Skowron), comandados todos por Wengenroth, quienes colmaron la Catedral de belleza y atravesaron con su saber hacer, con su arte y oficio, el alma de los espectadores.

Una experiencia casi mística, podría decirse sin exagerar. Un concierto tan sobrio como movilizante, que tras la última nota de Lux Aeterna (Luz Eterna) desató la ovación espontánea del público, que se puso de pie para celebrar este espectáculo que, sin dudas, debería repetirse.

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El M° Wolfgang Wengenroth, director de la Sinfónica de la UNSJ, junto al Padre Andrés Riveros, de la Iglesia Catedral, finalizado el concierto

El M° Wolfgang Wengenroth, director de la Sinfónica de la UNSJ, junto al Padre Andrés Riveros, de la Iglesia Catedral, finalizado el concierto

Lo que viene:

El próximo concierto será el viernes 10 de abril, en la Iglesia de San Francisco. Allí se interpretará Manfred Schlenker, pequeña suite para trompetas, trombones y tuba. También Petite Symphonie para vientos, de Charles Gounod; y Serenata Op. 44 para vientos, de Antonin Dvorak.

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