Natalia refriega sus manos, balancea su cuerpo y las palabras se le atragantan. Los nervios se reflejan en su rostro con cada frase, hasta que no aguanta más y llora, amargamente. No es para menos. Hace cinco meses que toda su familia (su marido y tres hijos, más la pareja del mayor con su beba de 3 meses) viven amontonados en una pequeña habitación de 4×4 metros que les presta el suegro de Natalia en el fondo de su casa, en la Villa Centenario, en Chimbas. Allí, la incomodidad se multiplica porque ese fondo colinda a ambos costados con el de vecinos que tienen corrales con animales y cuando el sol aprieta un poco, los olores se vuelven insoportables. Desde hace cinco meses deben compartir el baño y la cocina con otros familiares y ya no quieren vivir más así. La angustia se profundizó por el gélido invierno y la pandemia que complicó laboralmente a Raúl. Y parece agigantarse cada vez que piensan que no tienen por qué pasar tantos problemas, pues tienen una casa en el Lote Hogar Nº8, en Chimbas, cuya compra les generó un gran dolor de cabeza: cuando estaban a punto de mudarse, un familiar del vendedor se las usurpó y no quiso desalojarla. Natalia Bustos (40) y su marido Raúl Castro (45) no apelaron a la violencia porque confían en la Justicia. Denunciaron el hecho en la Policía y hasta hoy esperan con angustia una solución del Primer Juzgado Correccional.

