La lección de Scaloni ante la mezquindad inglesa

Decir que los jugadores argentinos ponen el 110% en cada pelota ya es un lugar común. Que esta Scaloneta es sinónimo de garra, entrega y de un fuego sagrado inquebrantable, también. Hasta se podría argumentar que Lionel Messi y compañía gozan de un aura celestial que los viene protegiendo y empujando en este andar firme directo hacia la gran final. Sí, todo eso es rigurosamente cierto.

Sin embargo, reducir el triunfo contra los ingleses a una mera cuestión de actitud sería un error de análisis monumental: a Inglaterra se le ganó con convicción, con una enorme categoría futbolística y, sobre todo, con una paciencia admirable.

El equipo supo madurar el encuentro con la certeza absoluta de que alguna chance iba a quedar, y al final terminaron siendo varias. La justicia en el marcador llegó gracias a las que efectivamente entraron: primero el bombazo de Enzo para romper el arco, y luego el frentazo goleador de Lautaro para desatar el delirio.

La Selección arrinconó por completo a una Inglaterra que, inexplicablemente, decidió replegarse y dedicarse exclusivamente a defender tras el gol. Fue un planteo mezquino y amarrete por parte de Thomas Tuchel, una propuesta digna de una selección chica. Y es que, en el fondo, los inventores del fútbol arrastran esa realidad de equipo chico en las grandes citas: no levantan una Copa del Mundo desde aquella polémica edición de 1966. Los ingleses solo tienen recuerdos borrosos y en blanco y negro de la gloria máxima.

Con este pase a la final, este proceso comandado por Lionel Scaloni terminó de cerrarles la boca a los eternos agoreros y a los bocones de siempre que miraban de reojo el ciclo. El próximo domingo, el de Pujato se convertirá en el director técnico con más presencias en el banco conduciendo a la Albiceleste. Historia pura y viviente ante nuestros ojos. Y si este Mundial se corona con el final soñado que todos ansiamos, Scaloni se encumbrará definitivamente en el Olimpo, incluso por encima de próceres de nuestra identidad futbolera como César Luis Menotti y Carlos Salvador Bilardo.

Volviendo estrictamente a lo táctico, el entrenador vio lo que nadie en un momento crítico del juego. Cuando las papas quemaban y el equipo perdía, no se desesperó acumulando delanteros de manera desordenada; al contrario, ordenó las piezas con una lucidez asombrosa. El ingreso de Nico González, Otamendi, De Paul y Montiel sirvió para equilibrar el andamiaje y construir la victoria de atrás hacia adelante, devolviéndole la solidez al fondo para liberar el juego asociado. Claro que después entró Lautaro, y estuvo perfecto, tanto que terminó metiendo el gol de cabeza que le puso las cifras definitivas al partido y selló la clasificación.

El combo de la victoria argentina se completó con la mediocridad del rival. Al esquema mezquino con el que decidió cerrar el encuentro el entrenador alemán, se le sumó que las grandes figuras británicas no estuvieron a la altura de las circunstancias. Estrellas de la talla de Jude Bellingham y Harry Kane fueron literalmente borradas del mapa por una Selección Argentina que jugó cada pelota dividida y cada minuto del partido como si fuera, verdaderamente, el último de sus vidas.

LAS MAS LEIDAS