La historia de Román Barrios merece ser contada desde el final. Porque fue justamente un reconocimiento reciente el que volvió a unir pasado y presente en su vida.
Román Barrios obtuvo el segundo puesto en el Concurso Provincial del Dulce de Membrillo con una receta familiar que aprendió de su abuela. Detrás del reconocimiento hay una historia de cuatro generaciones, una antigua fábrica jachallera y la convicción de que las tradiciones sólo sobreviven cuando alguien decide conservarlas.
La historia de Román Barrios merece ser contada desde el final. Porque fue justamente un reconocimiento reciente el que volvió a unir pasado y presente en su vida.
Conocido en San Juan por su trabajo como cirujano cardiovascular, donde muchas veces debe actuar con rapidez para salvar vidas, Barrios recibió hace pocos días una distinción muy distinta a las habituales en su profesión: obtuvo el segundo puesto en el Concurso Provincial del Dulce de Membrillo gracias a una receta familiar que logró reproducir con una fidelidad sorprendente.
Sin embargo, detrás del premio no hay un emprendimiento comercial ni un proyecto gastronómico. Hay una historia de afectos, memoria y herencia cultural que comenzó mucho antes de que él naciera.
Por eso, aunque varias personas le sugirieron transformar su dulce en un negocio, asegura que no es lo que busca. Su objetivo es otro: preservar el legado que recibió de su abuela y demostrar que detrás de cada receta familiar también vive una parte de la identidad de quienes la transmitieron.
No fue casualidad que decidiera presentar su dulce bajo el nombre "A corazón abierto". El título resume dos de las grandes pasiones que atraviesan su vida. Por un lado, su profesión como cirujano cardiovascular, acostumbrado a trabajar sobre el órgano más vital del cuerpo humano. Por otro, el profundo amor por su abuela Chicha, la mujer que le transmitió una receta familiar que hoy continúa viva gracias a él.
De alguna manera, el dulce premiado también fue un homenaje. Una forma de abrir el corazón para contar una historia familiar hecha de recuerdos, enseñanzas y afectos que siguen presentes cada vez que los membrillos vuelven a cocinarse en la vieja paila de cobre.
El corazón de esta historia tiene nombre y apellido: Lilia Dina Pizarro, a quien todos conocían como "Chicha".
Román fue su nieto mayor y uno de los más cercanos. Desde muy pequeño la observaba preparar dulce de membrillo durante las reuniones familiares. No recuerda una enseñanza formal ni una receta escrita. El aprendizaje fue lento, casi silencioso.
Primero aprendió a lavar los membrillos. Después a reconocer el aroma de la fruta madura y a identificar el punto exacto en que estaba lista para la cocción. Con el tiempo comenzaron las preguntas: cómo lograr la textura adecuada, cuánto tiempo revolver y cuál era el momento preciso en que el dulce alcanzaba el punto justo.
Durante años intentó reproducir aquella preparación sin éxito. Había algo que no terminaba de salir igual. La explicación llegó con el tiempo y quedó resumida en una frase que todavía lo emociona."Cuando mi abuela falleció empecé a hacer dulce más seguido y ahí me empezó a salir igual que a ella”, expresó emocionado.
La frase explica mucho más que una técnica culinaria. Habla de un vínculo construido durante décadas, de una enseñanza transmitida con paciencia y de una forma de mantener viva una presencia a través de los gestos cotidianos.
La historia familiar de los Barrios y los Pizarro también está ligada a la producción de dulce de membrillo. Mucho antes de que Román naciera, su bisabuelo Epidelfio Pizarro había fundado Huachi, una de las primeras fábricas de dulce de membrillo de San Juan. Durante años, aquel emprendimiento formó parte de la actividad productiva de Jáchal y dejó una huella que aún permanece en la memoria familiar.
Cuando la empresa dejó de funcionar, algunos de sus elementos quedaron como herencia. Entre ellos, una enorme paila de cobre utilizada durante décadas para las cocciones. Esa misma paila centenaria es la que hoy utiliza Román para preparar el dulce que obtuvo el segundo puesto en el concurso provincial, en la categoría artesanal: casero familiar.
El objeto parece resumir toda la historia: fue utilizada por su bisabuelo, pasó por las manos de las generaciones siguientes y hoy continúa en funcionamiento para elaborar una receta que sigue recorriendo la familia más de un siglo después.
Antes de convertirse en uno de los cirujanos cardiovasculares más reconocidos de San Juan, Román Barrios fue un chico que creció entre la escuela Dante Alighieri, donde cursó la primaria, y el Colegio Modelo, donde completó sus estudios secundarios.
Nacido en San Juan hace 40 años, eligió estudiar Medicina en la Universidad Católica de Cuyo. Luego continuó su formación en Mendoza, donde realizó la residencia en cirugía cardiovascular, y más tarde profundizó su especialización en España.
Tras varios meses de trabajo y capacitación regresó a Mendoza, pero las vueltas de la vida lo traería a su provincia natal. Después de casarse en 2019 con Cecilia Olivares, médica obstetra y ginecóloga, decidió radicarse nuevamente en San Juan.
Hoy ambos forman una de las parejas más conocidas del ámbito médico sanjuanino. Mientras Román cultiva un perfil reservado y alejado de la exposición pública, Cecilia mantiene una fuerte presencia en redes sociales, donde comparte aspectos de su vida profesional y familiar. Fue precisamente a través de esas publicaciones que muchos sanjuaninos conocieron el proceso de elaboración del dulce de membrillo que terminaría obteniendo el segundo puesto en el concurso provincial.
La familia se agrandó en 2025 con la llegada de Bruno, su primer hijo. Y si algo tiene claro Román es que el verdadero premio no es el reconocimiento obtenido sino la posibilidad de transmitirle a su hijo el legado que recibió de su abuela.
De hecho, durante el bautismo de Bruno eligió compartir una parte de esa historia familiar con cada invitado. Como souvenir entregó pequeños ladrillos de dulce de membrillo elaborados por él mismo junto a un salmo alusivo al sacramento. Un gesto sencillo pero cargado de simbolismo, que volvió a unir fe, familia y tradición.
Aunque en los últimos días muchos lo identificaron por el dulce de membrillo premiado, la mayor parte de su vida transcurre dentro de hospitales y quirófanos.
Román reconoce que muchas veces los pacientes le preguntan de su vida después de haber conocido a Cecilia a través de las redes sociales. Asegura que rápidamente se genera un vínculo propio. Le sorprende el cariño con el que lo reciben, como si se conocieran desde hace años. Muchos le preguntan por Bruno, por su familia o por aspectos de su vida cotidiana que jamás imaginó compartir.
Consultado por el momento más difícil de su carrera, no duda en recordar el ingreso de urgencia de un paciente que era el esposo de una amiga y colega. Había sufrido un grave accidente automovilístico y llegó en estado crítico. Fueron jornadas de enorme tensión, marcadas por la incertidumbre y la responsabilidad profesional. Por eso, cuando finalmente logró recuperarse, la satisfacción fue doble. No sólo había cumplido con su deber como médico; también había conseguido salvar la vida de una persona cercana.
Quizás por eso eligió llamar a su dulce "A corazón abierto". El nombre funciona como un puente entre dos mundos que parecen distintos, pero que en realidad están profundamente conectados: el del cirujano que trabaja cada día para reparar corazones y el del nieto que decidió abrir el suyo para mantener viva la memoria de su abuela Chicha.
En su vida cotidiana, Román Barrios pasa buena parte de sus días dentro de un quirófano. Atiende urgencias, responde llamados inesperados y convive con la responsabilidad de intervenir cuando un corazón lo necesita.
Sin embargo, cada temporada de membrillos encuentra tiempo para repetir un ritual que aprendió siendo niño. Enciende el fuego, prepara la vieja paila de cobre y comienza a revolver lentamente una receta que lleva más de cien años atravesando generaciones.
Lo hace porque entiende que algunas herencias no se guardan en una caja fuerte ni en una cuenta bancaria. Se conservan en los gestos, en las palabras y en las recetas que alguien decidió transmitir.
Y porque, como le enseñó su abuela Chicha, el dulce de membrillo no se apura: se hace con paciencia, con amor y con la responsabilidad de que aquello que llegó desde el pasado también perdure en el futuro.