Este lunes, a las 18, Dos Acequias, en San Martín, tendrá un nuevo espacio para mantener viva la memoria del atentado a la AMIA (Asociación Mutual Israelita Argentina). La plaza del departamento llevará desde hoy el nombre de Jorge Antúnez, el único sanjuanino entre las 85 personas asesinadas en el ataque terrorista del 18 de julio de 1994.
El lugar no fue elegido al azar. Antúnez nació allí y pasó sus primeros años de vida antes de trasladarse a Buenos Aires para terminar sus estudios secundarios. La Sociedad Israelita de San Juan, en conjunto con los familiares, propusieron el nombre.
Su tío, Gustavo Antúnez, quien lo crió junto a su familia y lo recibió en su casa de Buenos Aires, visitó la Redacción de DIARIO DE CUYO junto con Marina Degtiar, vicepresidenta de la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas). Ambos conocen el atentado desde un lugar especialmente doloroso: los dos perdieron familiares directos aquel 18 de julio.
Para Gustavo, la imposición del nombre a la plaza representa mucho más que un homenaje. Es una forma de que la historia de Jorge siga siendo contada. “Él se fue con muchas ilusiones de acá de la provincia de San Juan”, recordó. Antúnez había decidido terminar sus estudios en Capital Federal y, mientras esperaba el inicio del ciclo lectivo, consiguió trabajo en un bar ubicado en la zona de Pasteur y Viamonte, a pocos metros de la sede de la AMIA.
Gustavo estaba en su departamento, en un décimo piso del barrio porteño de Palermo, cuando escuchó la explosión. “Lo primero que se me ocurrió como sanjuanino es: ‘Uy, terremoto en San Juan’”, relató. Poco después recibió el llamado que cambiaría para siempre la historia de su familia: le avisaron que había ocurrido una explosión y que Jorge podía estar cerca.
Salió inmediatamente hacia el lugar. Cuando llegó, se encontró con el caos de los escombros, edificios destruidos y personas heridas. Pero durante varios días no hubo certezas sobre el destino de Jorge.
La búsqueda se extendió hasta el 25 de julio. Gustavo contó que recorrieron distintos puntos de Buenos Aires e incluso lugares ubicados a decenas de kilómetros de la Capital Federal, siguiendo versiones que aseguraban que podían haber encontrado a Jorge con vida.
Finalmente, recibieron la noticia de que habían sido encontrados los últimos siete cuerpos durante las tareas de remoción de los escombros. Entre ellos estaba Jorge. “Son 32 años que, si vos me lo preguntás ahora, es como si hubiera sido ayer”, sostuvo Gustavo. Y explicó por qué el recuerdo sigue teniendo una dimensión tan dolorosa: “Nunca un atentado terrorista. No se compara con nada, con absolutamente nada”.
Por eso, para él, mantener la memoria no es una cuestión simbólica. Es una obligación. “Como yo siempre digo, mi eslogan es: para que nuestros muertos no mueran dos veces hay que mantener la memoria”, afirmó.
Dos familiares, una misma herida
La historia de Gustavo tiene un punto de encuentro con la de Marina Degtiar. También llegó a la Redacción de DIARIO DE CUYO atravesada por aquella mañana del 18 de julio de 1994. Su hermano, Cristian Degtiar, tenía 21 años y trabajaba en la DAIA. Estudiaba abogacía y aquella mañana había acordado encontrarse con dos compañeros para adelantar un trabajo durante las vacaciones de invierno.
Marina estaba trabajando cuando escuchó que algo había ocurrido en la AMIA. Lo primero que hizo fue intentar comunicarse con su hermano. Fue entonces cuando su madre le informó que Cristian había ido a trabajar. “Ahí fue salir corriendo a la AMIA, llegar al lugar, encontrarme con el hueco de escombros”, recordó. Después de ese momento, dijo, tiene un vacío en la memoria.
La vida posterior al atentado estuvo marcada por el duelo. Marina contó que durante los primeros años atravesó graves dificultades físicas y que con el tiempo fue construyendo una vida alrededor de ese dolor.
Estudió Psicología ya de adulta, se especializó en duelo y hoy acompaña a otras personas que atraviesan pérdidas. “Cada cosa que yo hago en mi vida tiene que ver con honrarlo, con homenajearlo”, explicó. Y sintetizó su recorrido con una frase: “Me inventé la excusa para nombrar a Cristian todos los días de mi vida”.
Por eso, la plaza que llevará el nombre de Jorge Antúnez tiene para ella una importancia que excede el acto de este lunes. “Es el valor de ponerle un lugar a la memoria, darle un lugar físico a la memoria”, señaló. Y explicó que, a partir de ahora, una persona podrá pasar por ese espacio, encontrarse con el nombre de Jorge y preguntarse quién fue. “Eso es construcción de memoria, eso es trascendencia”, afirmó.
“Se trabajó para que no se sepa la verdad”
La pregunta inevitable después de 32 años es por qué todavía no hubo justicia por el atentado. Desde su perspectiva, la falta de justicia no se explica por una ausencia de esfuerzos, sino por los obstáculos que durante años impidieron avanzar hacia la verdad.
“No hay justicia porque no se haya hecho nada para que haya justicia, sino porque se trabajó durante muchos años mucho para que no suceda. Se trabajó para que no se sepa la verdad”, sostuvo Degtiar. Y agregó: “Desandar ese camino es hartamente difícil”.
Para la vicepresidenta de la DAIA, los familiares no pueden abandonar el reclamo, aun cuando el paso del tiempo haya hecho todavía más difícil pensar qué significa exactamente hacer justicia.
En ese sentido, destacó la expectativa que existe alrededor de la aplicación de la ley de juicio en ausencia, una herramienta que, según explicó, abre una nueva posibilidad para avanzar en la causa. Pero también planteó una pregunta que excede los mecanismos judiciales: “¿Qué es hacer justicia 32 años después?”
Degtiar puso el foco en quienes murieron sin conocer la verdad sobre lo ocurrido con sus hijos y en las familias que llevan más de tres décadas reclamando. “Hay padres que murieron sin saber la verdad sobre la muerte de sus hijos”, señaló. Y resumió el peso de esos 32 años en una frase: “32 años sin justicia”.