No hay maltrato sin testigos. Sin eso que los sajones llaman (by standers) los que se paran a un lado y observan la acción. Sin intervenir, pero sabiendo. "Lo que pasa es que a veces en los chicos el temor es pasar de testigos a víctimas del bullying, y por eso se callan’. Que esos chicos se animen a hablar, y que los adultos los escuchen y actúen en consecuencia es lo que hace toda la diferencia. Pero ¿cómo no entender el silencio cuando el estigma del "delator’ es sacudido por algunos adultos sobre la cabeza del chico que se anima a contar? ¿Cuándo los chicos toman conciencia de que sus voces no cuentan? Los padres o en su defecto el docente suele subestimar lo que dice el nene agredido. Por eso, al final, las víctimas optan por no denunciar. Saben que no van a ser creídos y que nadie intervendrá en su defensa. Así ocurrió con la muerte de Víctor Feletto: "Era menudito y prefería estudiar. En la última prueba de matemática se había sacado diez, cuenta su abuelo José. Era agradecido, muy responsable. Pero no le gustaba el fútbol. No al menos como se lo hacían jugar en su escuela rodeado de chicos cuatro años mayores que se divertían empujándolo y pateándolo. Un día, le golpearon un hombro; otro día, le golpearon el otro. Terminó en el hospital, con hematomas y enorme dolor. El no quería ir más, lo trataban peor que a un esclavo. Era tanta la angustia que tenía. La mamá habló con la directora, pero él se asustó porque ella dijo que si no hacía gimnasia podía perder el año. Pero perdió otra cosa: el 4 de abril, al volver de otra sesión de insultos y patadas, fue al cuarto de sus abuelos, tomó la pistola de José y apretó el gatillo. (publicado en el Diario La Nación).

