1 de julio de 2012 - 00:00

Tierra de bendiciones

En Santa Lucía. La comunidad Beraca le da refugio y contención a adictos a las drogas y a chicos de la calle. No cobran cuota ni reciben subsidios, sino que se autosustenta con lo que producen en su chacra.

José (33) llegó al lugar con un disparo en el pie, tras un ajuste de cuentas. Tras casi 20 años vinculado a la delincuencia y a las drogas, nueve de esos en el Penal de Chimbas, sintió que ese era su límite. Se entregó a la Comunidad Beraca para buscar una salida y ya lleva más de dos meses viviendo allí. En una finca de Santa Lucía funciona un hogar perteneciente a una ONG que le da refugio y contención a adictos a las drogas, al alcohol y a personas marginadas. Pero a diferencia de otras comunidades, ésta no cobra una cuota y no recibe subsidios gubernamentales, sino que procura trabajo productivo para su auto sustento y recibe donaciones de empresas.

Allí, dos matrimonios coordinan la atención de unos 12 jóvenes y adultos que llegaron tocando fondo, según cuentan. ‘Esta es una comunidad de puertas abiertas, no obligamos a nadie a estar y se pueden ir cuando quieran’, aclara Andrés González (44), el pastor que maneja el lugar y que vive allí junto a su esposa y su hijo (el otro matrimonio reside en otro domicilio). La Comunidad Beraca funciona hace 3 años en San Juan y es un desprendimiento de la que fundó en Uruguay un sanjuanino radicado allá, Jorge Márquez. Está por calle Belgrano, a unos 300 metros de ruta 20, y pertenece a una ONG evangélica llamada Esalcu, que no tiene fines de lucro y que nació para ser un hogar, no una clínica de rehabilitación (por eso no requiere habilitaciones especiales). Allí los días arrancan a las 7 y tras una oración y el desayuno, empieza el trabajo. Algunos van a la chacra, otros ordeñan las vacas o se van a los corrales, para alimentar a los otros animales. Con estos se procuran alimento, mientras que venden cerdos, hacen embutidos, envasan aceite de oliva o hacen conservas para vender.

Marcos (28) es de Rawson y está por segunda vez en la comunidad. ‘La primera vez no aguanté y me fui. Pero en la calle volví a la marihuana, a la cocaína y al alcohol. No daba más y pedí me recibieran de vuelta. Siento que este es mi lugar’, confiesa.

La terapia no tiene un tratamiento médico y por eso no aceptan algunos casos. En el lugar trabaja un psicólogo, que realiza terapias de grupo e incluye a las familias de los chicos. Quienes viven en la comunidad no manejan dinero, no pueden usar celular y deben seguir el ritmo de trabajo programado.

Las crisis, cuentan, las superan hablando y descargándose. Y día a día renuevan sus esperanzas en ese lugar que llaman Tierra de bendiciones, pues eso significa “Beraca” en hebreo.

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