6 de febrero de 2013 - 00:00

Un relato desde el dolor

”Era como un chiste, una broma, un pasatiempo de esa gente”, dijo María Cristina Anglada al relatar la violación de la que fue objeto por un grupo de 4 ó 5 hombres en lo que cree que era el RIM 22, por los movimientos de tropas que escuchaba. Además, después de ese brutal hecho, pudo ver las botas y el pantalón verde típico de los militares cuando después alguien le levantó la capucha y le convidó un mate cocido.
Con firmeza, a menos de 5 metros de los acusados de ser los responsables de aberrantes delitos durante la dictadura, Anglada hizo ayer uno de los relatos más fuertes de este megajuicio, que empezó el 7 de noviembre del 2011.
Después del brutal ataque, en el que ni siquiera pudo defenderse, contó que “me lavaron, me pusieron un camisón y a los pocos días me llevaron al Penal de Chimbas”.
Después vendrían los interrogatorios, siempre encapuchada y con las manos atadas a su espalda, en los que le preguntaban “si pertenecía a alguna organización”.
“Querían saber de mis vínculos con el exterior, quiénes eran mis contactos y qué hice con los dólares”, dijo.
Eran sesiones en las que había insultos, golpes “y me martillaban un arma en la cabeza como si me fueran a matar”.
Después de la odisea y cuando la dejaron en libertad, se marchó a Buenos Aires y después tuvo que escapar a Paraguay, donde fue refugiada política, porque su vida corría peligro.
“Después de todo lo que me pasó, me quería morir”, contó la mujer y hasta tuvo que recibir tratamiento psiquiátrico durante varios años para poder continuar con su vida.

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