La historia indica que en el año 1851 en Francia, específicamente en Borgoña, procedente de Bélgica entró la enfermedad conocida como "oidio", que devastó la región. "Nunca antes la vid se había enfrentado a una enfermedad tan seria. Atacó a diferentes variedades de vides,en todo tipo de suelos. Mató los brotes tiernos de las plantas y redujo prácticamente a nada la cosecha. Solamente la Iglesia Católica, que necesitaba vino para celebrar las misas, era capaz de garantizar su continuidad. Los monjes cistercienses de Borgoña fueron los primeros en estudiar el suelo, tanto que con probarlo sabían si eran fértiles o no. Ellos eran verdaderos agrónomos de la época, al punto que llegaron a transformar los viñedos, experimentar en la poda, elegir parcelas no expuestas a las heladas que eran las que daban las uvas más maduras. Cercaron sus mejores viñedos con rosales que fue lo que finalmente los salvó del oidio porque fueron los primeros en contaminarse. Entonces los curaron espolvoreándolos con azufre y así las vides, poco a poco, recobraron su salud, y actualmente se usa ese caldo denominado bordolés para combatir la enfermedad. Desde esa época los rosales se convirtieron en avisadores de enfermedades", indica el estudio realizado por María Inés Peñafort de Montes.

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