El tejido joven, con alto contenido de agua, es el más vulnerable al descenso de temperatura durante una helada tardía.
Ese número no es uniforme para todos los cultivos: cada especie presenta un requerimiento distinto de horas frío. Los almendros, que necesitan una cantidad relativamente baja, ya registraron un inicio de floración dentro de las fechas que sus productores esperan todos los años, según pudo relevar Albors. En el extremo opuesto se ubican el pistacho, algunas variedades de vid y los frutales de carozo —durazno, damasco, ciruelo—, que presentan requerimientos "mucho mayores" y que, al no haber iniciado aún su brotación, todavía están a tiempo de continuar acumulando ese frío.
Qué es una helada tardía
La definición técnica considera heladas tardías a todas aquellas que se registran después del 15 de julio. En la práctica, para San Juan eso comprende los meses de agosto, septiembre, octubre y —en años puntuales— noviembre, con el antecedente ya instalado en la memoria del sector de la denominada "helada de Todos los Santos", a mediados de ese último mes. Se trata de eventos que producen daño porque, a esa altura del año, la vid y buena parte de los frutales ya iniciaron sus procesos vegetativos y reproductivos: ya florecieron y brotaron.
El mecanismo del daño, según lo describió Albors, es relativamente simple: una helada es un descenso de temperatura por debajo de los cero grados que, al coincidir con tejidos vegetales de alto contenido de agua —los brotes y las flores más jóvenes—, genera hielo dentro de las células y provoca la ruptura o destrucción de esos tejidos. "La que se congela y la que produce el daño es el agua", resumió el especialista.
El calendario de riesgo
De acuerdo con estudios realizados por la propia cátedra sobre los valles productivos de la provincia, el riesgo de heladas tardías no es uniforme a lo largo de la primavera, sino que desciende de manera progresiva a medida que avanza el calendario. Ese calendario de riesgo se cruza, además, con el momento en que cada variedad inicia su ciclo.
Existen variedades y especies de brotación temprana —entre las que encontramos uvas Flame y Superior, en general destinadas a mesa y a pasas— que, al requerir menos horas frío, las alcanzan con mayor rapidez y comienzan a brotar apenas se presentan las condiciones ambientales adecuadas. Ya se registran, según indicó, "zonas primicias como Pocito o Albardón" con parrales en inicio de brotación, lo que las expone de lleno a las semanas de mayor riesgo.
En el extremo opuesto, variedades como cereza, Pedro Giménez o moscatel, que requieren mayor cantidad de horas frío y brotan más entrado octubre, logran eludir buena parte de ese período crítico. "Para hablar de helada tardía depende mucho de qué cultivo estamos hablando, de las condiciones que hay en los lugares y de la variedad", resumió Albors.
Los métodos activos: calefacción, ventiladores y aspersión
Frente a un evento de helada, Albors describió tres métodos con eficacia comprobada en la región, agrupados bajo la denominación de "métodos activos" porque suponen un consumo de energía —y de dinero— para generar calor de manera artificial.
El primero es la calefacción mediante quemadores, que liberan calor al quemar un combustible —en San Juan, generalmente los propios residuos de la poda— para atenuar el descenso de temperatura durante la noche. Es, según el especialista, el sistema más utilizado en la provincia, aunque implica un costo operativo considerable en mano de obra: exige contar con personal dispuesto a levantarse entre las dos y las tres de la madrugada para recorrer la finca y encender los distintos calefactores antes de que la temperatura alcance valores dañinos.
Calefactores encendidos entre las hileras de un viñedo durante la noche: el método más usado para combatir el descenso de temperatura en plena temporada de heladas tardías.
El segundo método son los ventiladores, que mezclan el aire frío cercano al suelo con el aire más templado de las capas superiores. Este sistema viene ganando terreno de manera notable en los cultivos nuevos de pistacho, tanto por la génesis particular de las heladas en esas zonas como por su rentabilidad. Si bien a primera vista resulta más costoso que la calefacción, la inversión "se amortiza bastante bien en producciones que son rentables". Su principal ventaja es la independencia operativa, ya que puede controlarse de manera remota mediante alarmas que advierten cuando una zona alcanza la temperatura crítica, sin necesidad de que una persona recorra la finca encendiendo quemadores uno por uno.
El tercer método es el riego por aspersión, que aprovecha el calor que libera el agua al congelarse sobre el cultivo. Se trata del método menos utilizado en la provincia —"hay solo un par de productores que lo tienen"—, dado que el principal factor limitante es la disponibilidad de agua: requiere bombear grandes volúmenes para asperjar una lámina sobre los cultivos. Es una técnica de aplicación mucho más habitual en la provincia de Río Negro.
Los métodos pasivos: prácticas de bajo costo
Junto a los métodos activos, Albors destacó dos prácticas que cualquier productor puede implementar sin necesidad de invertir en equipamiento. La primera consiste en mantener el suelo desnudo, libre de malezas y compactado, con el objetivo de que absorba mejor el calor solar durante el día y lo transmita en profundidad, donde queda retenido para liberarse de manera gradual durante la noche. Un suelo cubierto de maleza o excesivamente aireado, en cambio, se calienta con rapidez en superficie pero no conserva ese calor.
La segunda práctica consiste en regar la finca con anticipación a una helada pronosticada, nunca el mismo día del evento, dado que el agua acumulada en los poros del suelo le confiere la propiedad de calentarse y enfriarse de manera más lenta que un suelo seco. Esa condición atenúa la caída de temperatura hacia el amanecer, el momento de mayor preocupación para el productor, cuyo objetivo es llegar a la salida del sol con una temperatura lo más cercana posible —o superior— a los cero grados.
La ecuación entre costo y riesgo
Consultado sobre cuál sería la medida de mayor impacto para un productor con presupuesto acotado, Albors planteó abordar la cuestión desde dos perspectivas. La primera, de orden agronómico, consiste en optar por variedades y cultivos capaces de alejarse de los períodos de mayor riesgo, reduciendo así la exposición desde el inicio. La segunda, de orden financiero, implica evaluar el costo real de perder una campaña completa frente al de sostener, año tras año, un sistema de control activo.
En ese sentido, Albors sostuvo que las heladas tardías se vuelven cada vez más erráticas —no necesariamente más frecuentes, pero sí más impredecibles en cuanto al momento en que se producen—, una condición que las convierte en un costo estructural más de la actividad productiva y no en un evento excepcional que pueda evitarse por completo.
Después del daño: la recomendación técnica
Respecto del manejo posterior a una helada, Albors sugiere esperar en primer lugar a que el daño se manifieste en su totalidad, cuantificarlo con la asistencia de un tasador si resulta necesario, y recién entonces evaluar si el costo de una intervención se justifica frente al resultado esperado de esa campaña.
En cultivos con capacidad de rebrote, como la vid —que cuenta con yemas secundarias, una condición que no todos los cultivos poseen—, el objetivo pasa a ser sostener a la planta mediante riego y fertilización adecuados durante esa temporada, aun sin expectativa de producción, de modo que llegue en condiciones a la campaña siguiente. Descuidar ese acompañamiento —permitir el avance de malezas, omitir el riego o la fertilización adecuados— prolonga el impacto de una sola helada a lo largo de dos temporadas en lugar de una.
El manejo del riego y la fertilización, además, varía según cuál haya sido el órgano afectado por la helada. Si el daño alcanzó los racimos pero no las raíces, la planta suele responder con un desarrollo importante de masa vegetativa; en ese escenario, explicó Albors, resulta necesario evitar que ese follaje termine por sombrear las yemas y comprometer la fruta de la temporada siguiente, mediante una fertilización más controlada —nitrogenada, entre otras— y un manejo estricto de plagas y enfermedades, que también inciden sobre el rendimiento posterior.
Los desafíos pendientes para la provincia
Consultado sobre qué le falta a San Juan para reducir de manera estructural el impacto de las heladas tardías, Albors distinguió dos planos. El primero, vinculado a la información: señaló que actualmente conviven varias redes meteorológicas —municipales, universitarias y privadas—, con productores que incluso disponen de sus propias estaciones desde hace dos décadas, pero que el desafío no radica en la disponibilidad del dato sino en su procesamiento y transformación en información útil y accesible para la toma de decisiones. "El dato está, pero hay que procesarlo, porque si no, no me sirve. Hay que transformar el dato en información", resumió.
En el Valle de Tulum, cada campaña vuelve a jugarse la misma apuesta: que la brotación de la vid no coincida con una helada tardía.
El segundo plano remite a la búsqueda de nuevas alternativas de manejo, pensadas desde el contexto de escasez que atraviesa la provincia: con la energía cada vez más costosa y sin margen para sistemas que demanden grandes volúmenes de agua o de electricidad, Albors planteó la necesidad de evaluar científicamente, para las condiciones específicas de San Juan, cuáles de los métodos existentes resultan efectivamente aplicables, en paralelo a la búsqueda de variedades capaces de escapar a los momentos de mayor riesgo de helada tardía.