Por Claudio Fantini – Periodista y Politólogo
Por Claudio Fantini – Periodista y Politólogo
“Charlamentarismo” fue la palabra que inventó Miguel de Unamuno para describir lo que criticaba del parlamentarismo español de la década del ’30. Seguramente, cuando el general Franco derribó la república para imponer la versión hispana del fascismo, si no hubiera muerto tres años antes, el filósofo y rector de la Universidad de Salamanca se habría arrepentido de su dureza con los legisladores de los partidos republicanos.
Lo cierto es que aquel parlamento tenía sobredosis de ideologías y eso complicaba la gobernabilidad. Lo mismo ocurre con el Parlamento peruano, que lleva décadas devorando gobiernos, pero no por sobredosis de ideología, como en la España del “gallo rojo y el gallo negro”, sino por sobredosis de codicia y corrupción en la clase política.
La dura derecha fujimorista había entronizado a un advenedizo con más prontuario que currículum. Y luego de voltearlo, la izquierda delirante, junto a una centroizquierda mediocre y una centroderecha incompetente, pusieron en su lugar a otro personaje opaco y controversial. José María Balcázar, llegado al Parlamento en las listas del izquierdista y corrupto partido de Pedro Castillo y Dina Boluarte, portando una lista de denuncias y de pronunciamientos absurdos y oscuros.
En la última trifulca que costó el cargo a un presidente, combatieron el fujumorismo y el embajador norteamericano contra los partidos centristas y los izquierdistas. El partido derechista de Keiko Fujimori y Berni Navarro, el diplomático extranjero que saltó al barro local, fueron los perdedores. Aunque se esforzaron en defenderlo, no pudieron evitar la destitución de José Jerí, un personaje indefendible.
Perú incrementó su récord de inestabilidad política, una variable que se mide en destitución de presidentes. Sin embargo, hay que distinguir inestabilidad política de inestabilidad institucional y, más aún, de inestabilidad económica.
Hay una diferencia sustancial entre el actual Perú y la turbulenta república española: en el país sudamericano, casi tres décadas de inestabilidad política y bancarrota moral de la dirigencia no han minado la institucionalidad ni la estabilidad económica. Los presidentes caen destituidos, terminan presos o se suicidan cuando la policía está por detenerlos, pero las instituciones siguen en pié, la economía continúa su marcha ascendente y no hay una acechanza fascista como la del dictador que ganó la Guerra Civil en España.
Perú ya se parece a la Italia de los años ’60, ’70 y ’80, con crisis política permanente pero con instituciones firmes y economía en vertiginoso ascenso.
La caída de José Jerí es un desenlace predecible desde el mismo momento en que la carambola política depositó en la presidencia a un legislador suplente que entró al Parlamento por la inhabilitación de Martín Vizcarra.
Desde el primer instante se supo que tenía una denuncia de violación y otras sombras sobre su carrera baldía de méritos. La destitución de Pedro Castillo y la asunción de Dina Boluarte modificaron el tablero permitiéndole presidir comisiones parlamentarias. Y la caída de Boluarte le colocó a él la banda presidencial.
No tardó en actuar como se esperaba: de manera oscura y arbitraria. Por eso, a los pocos meses de asumir, José Jerí fue destituido.
Sólo lo defendieron el partido que lo había aupado al poder, Fuerza Popular, de Keiko Fujimori, y el embajador de los Estados Unidos en Lima, Bernie Navarro, un empresario trumpista que hacía negocios en Perú.
Según el diplomático norteamericano, Jerí debía llegar hasta julio, cuando concluye el mandato en curso, porque semejante muestra de inestabilidad perjudicaría las inversiones en Perú. Pero eso suena a coartada para justificar el respaldo a un personaje tan turbio y controversial como derechista y simpatizante de Trump.
El Parlamento peruano lleva décadas devorando gobiernos, pero no por sobredosis de ideología, sino por sobredosis de codicia y corrupción en la clase política.
Ciertamente, la inestabilidad política es una patología de la dirigencia. Los únicos presidentes interinos que lograron concluir sus mandatos y luego no fueron a la cárcel, son Valentín Paniagua, quien asumió al ser destituido Fujimori, y Francisco Sagasti, el sucesor de Martín Vizcarra que conjuró un juicio político comprometiéndose a no candidatearse nuevamente.
También concluyeron sus mandatos Alejandro Toledo, Alán García y Ollanta Humala, pero los tres fueron luego condenados por corrupción y el líder aprista se suicidó antes de que la policía llegara a su casa a detenerlo.
No pudieron concluir sus mandatos Pedro Pablo Kuczynski ni su sucesor Vizcarra, ni el sucesor de éste, Manuel Merino.
Tampoco pudo concluir el mandato conquistado en las urnas Pedro Castillo, quien terminó preso por intento de golpe de Estado, tampoco su sucesora, Dina Boluarte, ni el sucesor de ésta, José Jerí.
La inestabilidad política es descomunal. Pero eso no necesariamente implica inestabilidad institucional y mucho menos inestabilidad económica, que es lo aludido por el embajador norteamericano.
La solidez institucional que sobrevive a los tembladerales políticos produce en la economía lo contrario de lo que dijo Bernie Navarro. La economía tiene una estabilidad que resulta envidiable para muchos países de la región, y eso se hace más visibile, precisamente, por la crónica inestabilidad política.
Muestra de estabilidad institucional y económica es la continuidad de Julio Velarde como presidente del Banco Central, cargo para el que fue designado por Alán García en el 2006. Muchos mandatarios fueron destituidos en últimas dos décadas, sin embargo el titular del BCRP continúa siendo el mismo.
Perú padece la crisis moral de su decadente dirigencia política, pero esa patología resalta la solidez de su economía y de sus instituciones democráticas. Siguen en pié, a pesar del frenético “charlamentarismo”.