Convocatoria para artistas: cuento de Germán Orellano

El escritor sanjuanino comparte con los lectores una de sus creaciones, donde un brutal asesino ofrece a la víctima ser liberada de su "prisión".

LA JAULA

Estaba tendido en el camastro. La mirada en el techo, de adobe. Vestía como siempre: una camiseta manga larga de algodón y los calzoncillos hasta las canillas. Los mellizos reían y correteaban en el comedor. De allí vino su madre, risueña. Traía sopa en una bandeja de madera. Había rebasado el viejo perchero de pie, situado al lado de la entrada, donde colgaba una chaqueta militar azul marino; un morrión del mismo tono lo coronaba. Se sonrieron al mirarse. Ella dejó la bandeja en una mesa por un momento. Se acercó al hijo y lo ayudó a erguir la parte superior del cuerpo —acomodó la almohada en su espalda—. Ya sentado, la madre recogió la bandeja y la depositó en el regazo del joven. Este bebió el caldo con el cucharón, comió las verduras hervidas y las empujó con el mendrugo.

Las noches disolvían toda materia con su negrura. En ella dormía toda la familia. Un sopetón en la puerta de madera lo despertó. Incorporó el cuello. Desde el camastro, podía ver el haz de la luna en la cocina. Dos sombras se movieron por ella. La puerta crujió, rechinó y la oscuridad total retornó. Entonces, el oído pasó a ser el sentido más aguzado. «¿Qué pasa? ¿Quién es?», exclamó la voz de la madre. Después, el grito, uno lloroso. En seguida gritaron los mellizos. Un escándalo de voces atipladas, ruegos mezclados en ellas. Él se sacó de encima la sábana y se despeñó del camastro. Sus piernas quedaron arriba y, de bruces, se rebulló con los brazos y los codos. Aquellas extremidades aterrizaron y reptó por el suelo apisonado. En el trayecto hacia el vano, aún oía los gritos. Los de los niños se agudizaban cada vez más. Dejó de escuchar a su madre. Los alaridos compaginados de los mellizos se redujeron a uno. Ese uno comenzó a entrecortarse. Luego fue un hilo de voz. Al final, nada.

Escuchaba su aliento y olía la tierra del suelo; sentía la humedad del vientre contra la camiseta y la sístole y la diástole tras el pecho. En la entrada estiró un brazo y, con la punta de los dedos, agarró una esquina de la chaqueta. Tiró de ella y se desplomó con el perchero. La daga, guardada en un bolsillo interno, terminó a unos veinte centímetros de él. Extendió la mano. Un resplandor amarillento se asomó por la entrada y franqueó el umbral. Bajó la mano hacia el cuchillo y, al mismo tiempo, una bota le pisó el dorso. «Eh, ¿qué acontece, paisano?». Miró por debajo de las cejas. Una cara sonriente, arrugada y desdentada brillaba gracias a la vela, de pie en una palmatoria. La cara arrugada, portante de un chambergo, lo miraba con fijeza con sus ojos negros, donde rutilaban unas motas del color de la lumbre. El desplomado bajó la vista hacia la bota. La suela estaba mojada. Desprendía un olor férrico.

El otro intruso pasó por detrás del hombre de la palmatoria y se adentró en la habitación con el ruido vibratorio de las espuelas. El joven miró sus pasos de reojo. El del chambergo alzó la vela y alumbró la pieza de derecha a izquierda. Reparó en el suelo; descubrió la chaqueta, la levantó y la escudriñó. «¿Es miliciano, hombre?», dijo; «un jacobino. Gracia, pue, por compadrearle a los godos». La sonrisa sardónica permanecía entre los carrillos. El otro había levantado el colchón delgado y remetido un brazo debajo de él. El joven apretó los dientes, gruñó y batió la pantorrilla del hombre del chambergo y palmatoria con el puño libre. Este saltó atrás, rio y alejó la daga de un puntapié; giró, siseó en el desliz y se la tragó la oscuridad. «Usté sí que e un hombre, carajo», dijo, «lástima que me lo dejaron tullido». El otro halló en el camastro una bolsita de tela. Se irguió y la sopesó. La desató y vació el contenido en la palma de la mano. Un puñado de monedas de plata. «¿Listo, compadre?», le preguntó el de chambergo. «Listo», contestó; regresó las monedas a la bolsa y se reunió con su compañero. Este le dio la espalda al desplomado y se llevó la lumbre a la cocina. El otro decidió volverse ante el umbral. Se acuclilló. Miró fijo al joven. El joven lo miró fijo a él. Los ojos del otro no parpadeaban; las órbitas sobresalían de los cuencos. La piel se había pegado a la mandíbula, debajo de los pómulos, prominentes.

Señaló con el mentón su espalda. «¿Te das cuenta?», dijo, «eso es una jaula, lo que te bautizaron como “cuerpo”. Un cerco para las pasiones. Se arrecia aún más cuando más vehementes son». El joven lo miraba de hito en hito, boquiabierto. «He visto incontables osamentas en los desiertos. Muchos ven huesos podridos. Yo veo libertos». Hizo una pausa. Miró sin ver la tierra apisonada. Miró de nuevo al joven. «¿No querés que te libere?», propuso, «como hice con ellos».

La vista del joven continuaba clavada en la del otro. Las lágrimas se acumularon en los ojos. Luego prorrumpió en gritos. Le lanzó un manotazo, pero el otro lo esquivó y se enderezó. La voz del hombre del chambergo lo llamó desde afuera. Se quedó de pie bajo el dintel. Contempló el aspaviento del joven por unos instantes. Al final se retiró. El joven convirtió la tierra en barro con el llanto y la saliva. Su voz resonó desgañitada en todo el rancho. Se arrancó mechones de cabello y golpeó el suelo con la base de los puños. Se desfogó largo y tendido con sus cuerdas vocales y la mitad del cuerpo; de la cintura para abajo seguía rígido.

Breve perfil del autor

GERMAN ORELLANO FOTO

Germán Nataniel Orellano Recabarren nació el 5 de agosto de 1996 en la provincia de San Juan. En el año 2024 participó en el concurso literario San Juan Escribe, Premio Jorge Leónidas Escudero, donde recibió el segundo puesto en la categoría Cuento, por su antología En Ristre. El premio consistió en la publicación de la obra y su presentación en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

En 2025 se presentó nuevamente en el certamen, en la categoría San Juan Escribe de Oro, donde participaron los ganadores de los últimos diez años, donde resultó finalista.

CONVOCATORIA ABIERTA

Esta convocatoria de DIARIO DE CUYO y diario LOS ANDES está destinada a artistas sanjuaninos y mendocinos: autores de poemas, crónicas, cuentos, ensayos, historietas y cómics; y también ilustradores, pintores y fotógrafos (artísticos), quienes deberán enviar sus obras para que sean publicadas en sus ediciones web y papel; y en sus redes sociales.

Las obras deberán estar acompañadas de una breve biografía del autor y breve reseña sobre la/las obra/s a publicar. También de una foto color del autor, de frente.

Las obras literarias -cuentos, poemas, narraciones, etc.- no deberán superar las 1000 palabras.

Todo el material (textos o imágenes, reseña de la obra, biografía, foto personal y declaración) deberá enviarse en un solo correo electrónico a la siguiente dirección: [email protected]

Es requisito indispensable conocer bases y condiciones de la convocatoria de DIARIO DE CUYO, que podrán consultar en este LINK

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