7 de septiembre de 2026 - 18:37

Matías Castro, el jachallero que no abandonó sus sueños y llevó la danza de su departamento a otro nivel

De niño comenzó con las primeras clases y pensaba que bailar “era para viejos”. Hoy, a los 34, dirige un instituto con más de 100 alumnos y trabaja para acercar nuevas disciplinas y oportunidades a Jáchal, posicionando el departamento a nivel nacional.

Matías Castro tenía apenas 11 años cuando la danza apareció en su vida, casi por obligación más que por deseo o motivación personal. Sin embargo, bastaron tres clases para que la resistencia se transformara en pasión y hoy no solo es su estilo de vida, sino que dedica gran parte de su tiempo a despertar nuevas pasiones, a compartir otras danzas por fuera del folclore y a posicionar su Jáchal natal a nivel nacional con la participación en distintos certámenes.

“Venía una profe de tango de la ciudad, Daniela Capdevila, y en ese entonces era medio rebelde y mi madre me mando. No me gustaba porque decía que era para viejo y a la tercera clase ame bailar”, comenta con orgullo el joven jachallero.

Después de sus primeros pasos en el tango, Matías ingresó al ballet municipal, donde se formó junto a Luis Tello, y más tarde comenzó a incursionar en la danza contemporánea en el Instituto Rocío de Jáchal. Con el paso de los años amplió su formación y cuando llegó la hora de elegir qué estudiar, no lo dudó. Estaba convencido que con la danza podía hacer algo y pese a las sugerencias familias de buscar una profesión con una salida laboral más estable, decidió focalizar su estudió en folclore, tango y contemporáneo.

Pero su sueño no era solamente bailar. Desde aquellos primeros años tuvo una convicción clara: quería vivir del arte. “Se me había puesto que tenía que ser la danza”, contó.

Con esa decisión a cuestas, recorrió distintos espacios de formación y acumuló experiencias hasta que, años después, decidió regresar a su departamento con un nuevo objetivo. Ya no se trataba únicamente de crecer como bailarín, sino también de generar oportunidades para otros.

Su intención era crear un instituto o un ballet que permitiera acercar a Jáchal disciplinas que no tenían tanta presencia en la comunidad. En un departamento con una fuerte tradición vinculada al folclore, Matías quiso sumar nuevas alternativas y abrir el abanico artístico.

Un instituto que se consolidó a fuerza de pasión y con el apoyo de una comunidad

Analizando distintas opciones, comenzó junto con una amiga profesora de árabe a darle forma al proyecto de la creación de un instituto.

La búsqueda siempre estuvo orientada a que los jachalleros tuvieran la oportunidad de conocer, aprender y crecer en la danza por fuera de lo que tenían cerca, que es el folclore.

La pandemia puso a prueba ese sueño. El instituto funcionaba en un salón alquilado y, con las restricciones y la imposibilidad de desarrollar las actividades habituales, Matías llegó a pensar en cerrar, ya que los gastos eran mayores a lo que podía sostener.

Fue entonces cuando apareció uno de los apoyos que, asegura, resultaron decisivos en su historia. Sus padres y su abuela, que falleció el año pasado, le permitieron modificar parte de la casa familiar para convertirla en el espacio donde pudiera continuar funcionando el instituto de danza. Fue una decisión que le dio una nueva oportunidad a un proyecto que parecía amenazado por las consecuencias de la pandemia. “El apoyo familiar es fundamental”, sostuvo.

La construcción y el crecimiento del lugar tampoco fueron un esfuerzo individual o solo de la familia de Matías. Los padres de los alumnos se comprometieron con distintas acciones con el objetivo de reunir fondos y aportar a la obra.

El resultado de ese esfuerzo colectivo hoy se refleja en un instituto que cuenta con más de 100 alumnos, donde aprenden distintas disciplinas, algunas brindadas por profesores del departamento, otras por bailarines que llegan desde distintos puntos de la provincia para compartir sus saberes.

Uno de los logros más recientes que tuvo el espacio que recibió el nombre de Modern Dance fue una cosecha de premios y reconocimientos en el Certamen Nacional Elemental Dance, un evento de carácter nacional que se realizó en Buenos Aires en agosto.

“Se puede vivir de la danza”, la reflexión de Matías Castro

Hoy, a los 34 años y después de aquellas primeras danzas cuando era apenas un niño, Matías reconoce el paso del tiempo y el desgaste que implica una vida ligada a la exigencia física y emocional del arte. Habla de un cuerpo más cansado y, en algunos momentos, de un alma desgastada. Pero hay algo que se mantiene intacto: la pasión.

“Siempre con el corazón latiendo mediante la danza”, resumió.

De cara al futuro, se imagina cada vez más vinculado a la enseñanza y a la posibilidad de transmitir a las nuevas generaciones todo lo aprendido durante más de dos décadas de trayectoria. Su propósito es compartir experiencias, conocimientos y, sobre todo, demostrar que el arte también puede convertirse en un proyecto de vida.

“Se puede vivir de la danza. Cuesta, pero se puede. Y qué lindo que uno pueda trabajar y vivir de lo que ama”, afirmó.

Esa parece ser, finalmente, la síntesis de su recorrido. El sueño de un chico de Jáchal que comenzó bailando casi sin querer, que decidió no abandonar aquello que amaba pese a las dudas y las dificultades, y que con el tiempo logró convertir su pasión en una forma de vida. Pero también en una puerta para que otros puedan bailar, aprender y soñar sin tener que irse necesariamente de su lugar de origen.

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