Militantes del Clímax se prepara para llegar a San Juan con un show enérgico que marcará el reencuentro de la banda con el público local. En esta presentación especial, el grupo repasará lo mejor de su discografía y presentará oficialmente las canciones de su esperado tercer disco de estudio, titulado Nueva Sangre.
Benjamín “El Abuelo” Gutiérrez, cantante, encabeza este proyecto estilo big band, que fusiona funk, hip hop, soul y una potencia escénica inconfundible. Su propuesta busca interpelar al público desde el groove y la narrativa, manteniendo una postura crítica y auténtica en cada escenario. Con esa impronta, el combo reafirma su lugar dentro de la escena musical argentina.
Antes de subir al escenario de Mamadera, Benja dialogó con DIARIO DE CUYO.
—¿Cómo es el show que están presentando en esta gira?
— El foco principal está puesto en el tercer disco, el cual tocamos completo dentro de una lista de temas que se mezcla con canciones de todas las épocas. Además, Franco realiza monólogos que combinan fragmentos de esta última etapa con otros recuperados de momentos más antiguos. Es un recorrido general que no deja afuera los clásicos.
— Monólogos, música, instrumentos potentes, letras picantes ¿Cómo definirías el ADN de la banda?
—Creo que somos un grupo de amigos y de familia que llevamos mucho tiempo juntos, y eso se refleja en la naturalidad musical que tenemos. Nuestra base principal se encuentra en el funk, orientada especialmente hacia la música con groove, con bajos muy marcados y un fuerte sentido rítmico. A partir de esa raíz combinamos elementos diversos con una instrumentación en vivo fuerte, pero evitando caer en un formato rígido o en el molde de un solo estilo para lograr un sonido más personal.
—¿Haber roto los moldes es uno de los ganchos que tienen con la gente?
—Es que si bien partimos del funk y del hip hop, interpretar esos géneros de forma tradicional se siente algo foráneo. Nosotros buscamos acercarnos a esa música que nos encanta manteniendo nuestra naturalidad, nuestra forma particular de hablar y abordando las temáticas que nos interesan y nos atraviesan aquí en Argentina, viviendo y sintiendo como somos. No podríamos hacer el funk que se tocaba en los 70 en Los Ángeles. Nos nutre inevitablemente toda la tradición del rock nacional, del tango y del folclore, logrando que todo se mezcle de manera orgánica.
—¿Y cómo logran ese equilibrio para que las letras no releguen el groove de la banda, y viceversa?
—Ese equilibrio se dio de manera completamente natural desde nuestros inicios, por la mezcla de personas que hay y las distintas inquietudes y acercamientos musicales con los que llegábamos desde la juventud. Con el tiempo, ese proceso se transformó en un estilo propio. No es algo que se piense o se diseñe en exceso, sino que se vive tal como somos, pasando por momentos de reflexión seria, de charla, de discusión, de congoja o de pura celebración, la vida misma reflejada en 17 años de compartir mil cosas juntos.
—Y cuando arrancaron ¿tenían un objetivo claro sobre el formato y los mensajes, o simplemente se juntaron a ver qué pasaba?
—Fue más bien una juntada por afinidad, por cercanía y por el deseo genuino de hacer música con gente cuyas creaciones nos gustaban, mientras todos íbamos aprendiendo. Nos reunimos para ver qué podíamos construir colectivamente, y lo que salió fue esto, que pudimos disfrutar y sostener a lo largo de todo este tiempo.
—Pasaron más de 15 años, muchas cosas cambiaron ¿en la banda también o se mantuvo fiel a los orígenes?
—Por suerte se mantiene bastante similar, casi idéntica en su esencia. Algo muy curioso es que el público se renueva constantemente con la llegada de gente joven, y en los recitales se sigue experimentando exactamente la misma energía y el mismo ritual que hace quince años. Nosotros hemos madurado lógicamente por el paso del tiempo y porque fuimos aprendiendo a convertir esto en nuestro oficio, mejorando la ejecución instrumental, la escritura y la realización de un show sólido y armonioso de principio a fin, pero la esencia fundamental sigue intacta.
—En ese tránsito a transformar la música en trabajo ¿qué se gana y qué se pierde?
—Perderse, la verdad que nada, porque la música sigue siendo exactamente la misma para quien siente esa pasión. Lo que se gana es la posibilidad de construir un proyecto colectivo, sostenerlo junto a quienes desean compartirlo y acumular experiencias valiosas en el camino. La música representa un placer constante y el verdadero motor que nos mueve; todo lo demás lo realizamos precisamente para poder llegar arriba de un escenario y tocar. Esa hora y media o dos horas arriba del escenario es el propósito por el cual hacemos todo lo demás.
—En una época dominada por los algoritmos, la inmediatez…
— … y el individualismo
—También ¿Cómo sostienen ese ritual con la gente?
—Por suerte venimos de la época en que todo comenzaba a volcarse hacia esa tendencia, por lo que mantuvimos el envión de ser auténticos y encontramos nuestro propio lugar en este paisaje. Hay mucha gente que busca algo diferente, que valora la cercanía, un diálogo más directo y sentirse verdaderamente escuchada, vista e invitada a formar parte de lo que sucede sobre el escenario. Obviamente no es lo más masivo ni le gusta a todo el mundo, pero logramos conectar con nuestra gente, y recibir ese cariño en el contacto directo con el público es una enorme bendición de la música.
La cita en Mamadera
Militantes del climax
- Día: sábado 31 de octubre
- Hora: 22:00 h
- Lugar: Mamadera (Lateral de Av. Circunvalación 1959 nort)
- Entradas: general $40.000