
Ellas estaban en la cancha con los equipos de España y Alemania. Entre los tres armaron el podio del Mundial femenino. España campeón, ellas subcampeonas y las alemanas terceras.
Mientras el rostro de las dos rivales era satisfacción pura había que ver las lágrimas que seguían cayendo en las chicas argentinas. Abrazadas, varias de ellas con la mirada perdida. Como buscando explicaciones ante vaya a saber qué o quién. Vinieron hasta acá, la lejana Nanjing, a tomarse revancha de aquel gol de oro que las dejó fuera de las semifinales en Iquique ante este mismo rival. Y no pudieron. Dieron todo. Hicieron lo que debía. Pero no fue posible.
Cuando los dos Daniel, el porteño Ventura (de la CAP) y el sanjuanino Martinazzo (la de FIRS) les fueron entregando las medallas y los ositos con el emblema del Mundial, una aceptaron cabizbajas, otras no. Daiana Silva no aceptó que le colgaran la medalla. Salomé se las sacó al instante. Indudablemente eran las más dolidas. Igual, todas abrazadas, esperaron estoicamente la entrega de la copa a España. Las jugadoras con camiseta roja cantaron y bailaron. Al lado de ellas, Las Aguilas sufrieron y se aguantaron el momento.
Al final y al son de la música se levantaron las banderas. Después las españolas (y las alemanas) se prestaron para las fotos y Las Aguilas se retiraron lentamente. El deporte, seguro, les tendrá preparada una nueva revancha dentro de dos años. Hoy, al menos dieron todo lo que tenían y, aunque no les haya alcanzado, sus cuerpos y mentes deben estar fortalecidos porque no son menos que nadie.
