Valeria tocó la puerta. Una mujer bajita, de piel oscura, salió de inmediato. Se dijeron “hola” y la bruja dijo algo bastante rápido que no entendió. La casa estaba oscura, llena de muebles y ropa. Pasaron por un pasillo de ladrillos rotos, después un patio interno con pasto verde lleno de arbustos, y llegaron a una casa de techo bajo con puerta de chapa. Primero la cocina, ínfima; después, tras unas cortinas de goma gastada, el living, con la tele encendida y una mesa redonda.
Volvió a decir algo que no entendió, pero le daba vergüenza pedir que lo repita. Era como si hablara al revés, con palabras pastosas. La mujer parecía no mirarla mucho: tomaba mate, charlaba, miraba por la ventana. En la tele pasaban un reality argentino sin sonido. Había un olor a incienso fuertísimo. Valeria miró el jardín. Estoy en un lugar bastante oculto, pensó. El aire del ventilador le llevó una brisa caliente y sintió náuseas. No sabía qué decir, se apretó las manos. Le transpiraban. Lo disimulaba mirando el programa de TV. La mujer habló de un cantante famoso que le gustaba, y Valeria sonrió, exhalando tranquila para que la bruja no lo notara.
Después de un rato, la mujer le preguntó su nombre, apellido, fecha de nacimiento. Anotó todo en un papel, entretenida con el mate que lo tomaba de un sorbo y se lo pasaba. Dijo que tenía conexiones con distintos arcángeles gracias a las piedras. Habló de muchos nombres, muchas dimensiones, susurros, ayudas, presencias… pero Valeria entendía menos de la mitad de lo que decía. Solo movía la cabeza con respeto. Preguntó, tímida, si podía ir al baño.
Un poco mareada, se miró al espejo. Era un cuartito que solo se cerraba con una sábana colgada en el agujero de la puerta. Hizo pis, se enjuagó la cara y salió. La mujer estaba sentada en una silla al extremo del sillón y le dijo que se acueste.
Valeria sonrió por dentro diciendo: al fin. Cerró los ojos y la mujer empezó a mover las manos encima de ella. No los abrió nunca, por lo que no sabía bien lo que hacía la bruja, pero ejercía presión en distintas partes de su cuerpo. Al principio se entregó a la experiencia, encantada, pensando en cada una de las palabras con las que relataría la historia a sus amigas. Pero luego de unos minutos se le adormecían las extremidades levemente. Intentó levantar la palma de las manos, pero estaban dormidas, como vegetales en el sillón.
La mujer acentuó la fuerza y escupía, sobre todo en la zona baja del vientre. Decía palabras que parecían burbujas explotando entre sí, a veces oraciones con ritmos confusos. Se atragantaba con ruidos que parecían salir de sus manos y comenzó a eructar sin parar.
Valeria quiso moverse, incluso abrir los ojos. Caía como adentro de un pozo de vidrio, y su cuerpo se hundía en él. La mujer eructaba con cada movimiento, parecía que iba a vomitar encima de ella. Tocó sus piernas, sus pies, su cabeza, sus manos. Eructaba.
No podía llorar, pero pensaba en si quedaría así para siempre. Con ese miedo y con el cuerpo dormido, dentro de ese hueco luminoso que la alejaba de todo lo que creía conocido.
La mujer le dijo que vuelva a moverse de a poco. Valeria pensó en que tenía que manejar hasta su casa después. ¿Cómo lo voy a hacer, si tengo tanto miedo?, pensó.
Volvió de a poco. La mujer ya no eructaba. Valeria escuchó la bombilla del mate. Se incorporó lentamente, sonrió, pretendiendo que estaba conforme.
La mujer le dijo que había hablado con los ángeles, que tenía muchas partes podridas y que la limpió con una piedra… o eso fue lo que entendió, porque hablaba cada vez más raro y de cosas que jamás hubiera podido repetir.
Se sentaron en la mesa. Le ofreció un mate, pero el estómago se le cerraba, y cuando vio la tarde que se desparramaba en los arbustos del jardín, supo que se tenía que ir.
La mujer la miró con los dientes sucios y le pidió la plata. Salieron y se despidieron. Valeria pretendía ser amable y la abrazó.
En el auto, no sabía cómo manejar. Todo lo que tocaba le parecía extraño, duro, ajeno. Le tomó un rato poder encenderlo, cuando entendió que la noche caía y estaba en un lugar desconocido.
No le diría nada a sus amigas. Le daría vergüenza compartir lo que la mujer había hecho con ella. Quizá pensaran que estaba embrujada o que le había metido algo malo.
Al día siguiente, Valeria despertó en la casa de la mujer. En el sillón. Con olor a mate en la boca y los dientes ásperos. Las palmas de sus manos eran oscuras, y le hablaban voces desde adentro del aire, que se tajeaba en luces para formar figuras que a veces se reían de ella.
Y si mis hijos se preocupan por mí… ¿quién los va a cuidar?, se dijo a sí misma, con el cuerpo de la bruja.
Las voces le contaron, a través de movimientos brillantes que se deshacían en el suelo:
"Ella los va a criar en tu cuerpo".
Breve perfil de la autora
Catalina Giachino nació en Mendoza, en el 2000. Escritora, temporalmente reside en Madrid, donde trabaja como librera en La Mistral. Ha publicado el cuento "El oso proletario" en la revista española Zun y publicará próximamente "Vagabundos"» en la misma revista.
Desde hace más de cinco años desarrolla una práctica sostenida de escritura y formación literaria. Durante una etapa de residencia en una zona rural del sur de Alemania comenzó la escritura de "De las flores y otras polaridades", su primer libro de cuentos, experiencia que consolidó una rutina diaria de lectura, escritura y revisión crítica que continúa hasta la actualidad. También ha colaborado con la revista digital In Mendoza como autora de críticas cinematográficas. Este mes regresará definitivamente a su provincia natal.
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