Hace tres años, de repente, la luz se apagó. Con ella parecían perderse, como si se tratara de barcos en un horizonte oscuro, las esperanzas de un futuro promisorio en el deporte. Richard Kierkegaard, poseedor de un apellido tradicional de la equitación argentina, quedaba ante la posibilidad de no poder continuar con el legado de papá Ricardo o del tío Christian. Aunque, dadas las circunstancias, eso era lo menos importante.

En aquel 2015 que marcaría un antes y un después, el joven jinete había ido a un certamen "muy fácil" para sus estándares, según le cuenta  en la Villa Olímpica. El chico, que hoy tiene 15 años, se explaya: “Era una prueba con una altura mucho menor a la habitual que hacía yo. De hecho, había entrado más que nada para que el caballo conociera la pista. Venía todo perfecto y en un momento el caballo no saltó, se trabó con los palos y nos fuimos juntos al piso”.

Esos instantes fueron los de mayor angustia. El repaso de Richard es veloz, tal como ocurrió todo, pero el viaje en el tiempo pone de manifiesto la importancia de cada segundo y cómo un cúmulo de situaciones y movimientos desencadenó el drama.

“Quedamos atorados entre los palos, pero el caballo se levantó y yo me quedé enganchado del cuello con las riendas”, continúa el jinete con su relato. El tiempo se detuvo.

Y no sólo el tiempo.

De inmediato, lo subieron a una ambulancia y, de camino al hospital debieron practicarle reanimación. Había sufrido un paro cardíaco.“También tuve convulsiones y al quedar internado caí en coma durante dos días”, sigue Richard.

Un mes después del accidente, estaba de nuevo montando a sus queridos animales. Los propios médicos que lo atendieron y vieron, en principio, como casi una utopía que el chico volviera a caminar utilizaron un término tan a prueba de escépticos como difícil de poner en sus propias bocas. Pero no les quedó más alternativa que denominarlo así: “Un milagro”.

“Para volver a caminar tardé tres meses, pero antes de tener el alta para hacer mis actividades normales, ya me había subido al caballo”, rememora. El pibe sólo podía trasladarse de pie con ayuda, pero no dudó en volver a montar de a poco.

Tenía una idea fija: viajar a los Juegos Panamericanos de Toronto 2015 a ver de cerca a sus atletas favoritos. También planeaba trasladarse a Alemania para competir en Europa por primera vez. “Estaba muy frustrado. Yo quería ir, estaba seguro de que podía”, recuerda.

Su determinación era tal que luego de que un psiquiatra intentara explicarle que viajar en avión era muy riesgoso, buscó a otro hasta que dio en la tecla con uno que aprobaba su idea. Tras un comportamiento completamente lógico para un chico de su edad, Richard reconoce, con una madurez que sólo dan ese tipo de experiencias: “Aunque obviamente no era mi intención, a mis papás los torturaba, les hice la vida imposible. No podía ni dormir solo que gritaba o me largaba a llorar (risas) porque era súper frustrante. En el hospital estaba semi paralítico y fue todo bastante traumático. Mi papá casi no se podía alejar de mí porque enseguida yo me ponía loco”.

El médico que lo autorizó a viajar fue bien franco con Richard: “Me dijo que estaba loco, pero que podía ir tomando una medicación contra las convulsiones. Sin embargo, podía tener contraindicaciones y básicamente me podía morir. Ahí fue como que tomé consciencia de que era una locura y un día antes de tener el pasaje en la mano dije: 'Ok, no voy'”.

Lejos de renegar o querer olvidar aquel momento durísimo, el pibe lo valora de una manera muy especial. “Estoy orgulloso de todo lo que me dejó esa situación porque sí, fue un momento de mierda, pero aprendí un montón, luché y hoy soy lo que soy gracias a las cosas feas que pasé. El que más me ayudó a salir fui yo mismo”, asegura.

Como su progenitor, miembro de la Selección de equitación durante dos décadas, ex campeón argentino y olímpico en Atlanta 1996; como Christian Ahlman, su tío alemán, medallista de bronce en Atenas 2004 y Río 2016. Ahora será el turno del heredero. Ya es parte de la cita, en realidad. Y debutó en la prueba de saltos por equipos internacionales en el Club Hípico Argentino.

Es la primera parte de la concreción de un sueño para el pibe, que creció con los caballos como una extensión de la familia (de hecho, los considera “mascotas”) y admiró siempre a su viejo mientras lo miraba de reojo al jugar correteando entre los árboles. La otra, claro, tiene que ver con lo que entendió hace seis temporadas: que quería ser grande en esto, que quería colgarse una medalla en el evento deportivo más importante de la humanidad.

“Obviamente que tengo un objetivo y mi expectativa es alcanzar una medalla, pero sé que lo que te dejan estos Juegos es mucho más que eso”, afirma el jovencito. “Esto que estoy viviendo es un sueño. Compartir una Villa con 4.000 atletas de edades similares y de todo el mundo es único. Estos Juegos fomentan la amistad. No es como parecen los Juegos de mayores, en los que cada deportista está en la suya. Acá hay un sentimiento grande de equipo y de compañerismo”, agrega.

A esta altura, como es el único competidor de equitación, hizo buenas migas con muchos argentinos, pero anda muy cerca de un grupito de sudafricanos, con algún que otro deportista de Zimbabwe, Egipto y hasta Hong Kong. Todos juntos, por caso, fueron a alentar a los chicos argentinos de breaking el domingo.

Inquieto por naturaleza, Kierkegaard se la pasa a los saltos. Cuando no está galopando en el haras Zangersheide (en Trujui, zona Oeste del Gran Buenos Aires) dirigido por su papá, recorre la casa, el patio o lo que sea y se arma obstáculos para sortearlos por arriba con una sorprendente habilidad. Una suerte de parkour mezclado con equitación.

“La relación con el caballo es muy importante porque tenés que conocerlo, comunicarte con él y entenderlo para dar lo mejor de la pista”, sentencia Richard. En esta ocasión, eso será determinante, como también su calidad en la montura: en estos Juegos, los caballos de cada deportista son sorteados, por lo que no competirá con ninguno de los siete con los que vive y se entrena habitualmente, con excepción de los domingos, día de descanso de los animales.

Habrá que ver, entonces, qué clase de relación entabla con Legolas I, el caballo apenas seis años menor que él al que le tocará subirse. “No es un binomio cerrado, porque sólo lo monté tres veces y con seis saltos por día, lo cual es muy poco. Ahí va la habilidad del jinete en saber adaptarse al caballo y la relación que puedas construir con él”, remarca.

Y cuenta hacia dónde apunta en la preparación previa con el poco tiempo de conocimiento del animal: “Cada jinete tiene su teoría, pero yo creo que lo más importante es fijarse en la conducción y luego ver los detalles. Es como que te vas entendiendo y vos dejás un poquito, y el caballo cede otro poco; de alguna manera, vas negociando con él. No es cuestión de someterlo, o al menos esa no es mi teoría”.

Para su acompañante, ya no tendrá lo que alguna vez fue su vieja cábala (usar siempre la misma fusta), pero lo tratará como siempre lo hace con sus caballos, en algo que también define como una costumbre en forma de amuleto: “Le doy una palmada, una caricia y unas palabras de aliento antes de empezar”.

En su pasión al hablar de estos animales, Kierkegaard expone su corazón, transparente como el de buen adolescente. Sus palabras se sueltan con naturalidad, casi al galope, y define a esos fieles laderos que son mucho más que una “herramienta” para competir.

De hecho, lejos está Richard de verlos así: “Los caballos a mí me dieron todo, crearon la persona que soy y no me imagino un día sin ellos. Son mi cable a tierra. Por ellos tengo mis amistades, millones de recuerdos, valores; por ellos me formé como persona. El caballo no es parte del deporte, sino otro ser vivo. Crear un vínculo con ellos es algo que no podés comparar ni tiene precio. Los míos son como mi familia y aunque no hablen, me ayudaron a pasar un montón de momentos, estuvieron siempre ahí conmigo. Son mi todo. No tengo otra manera de definirlos”.

Fuente: Clarín.-