Enviado especial

 

La estructura social en Malvinas pareciera ser como las tan mentadas familias ensambladas. No tienen un vínculo de sangre pero buscan llevarse bien. Palabras más, palabras menos, así es la gente en estas tierras heladas.  Son mayoría los ciudadanos nacidos en las Islas o bien en Gran Bretaña, pero son parte fundamental del quehacer diario personas de otras nacionalidades. 

 

No son muchos los que viven en las Islas, alrededor de 3.800 civiles y unos 2.000 militares.

 

Dicen por acá, que los chilenos son los preferidos de los ingleses. Y, a decir verdad, están por todos lados. Por lo general se los ve en la parte de servicios, por ejemplo en la caja de un mercado, en alguna oficina postal, en el aeropuerto o manejando un taxi, pero también hay muchos profesionales en cargos importantes de empresas locales. La tonada inconfundible los delata y, aunque sin perder el respeto, no exageran en amabilidad cuando enfrente tienen a un argentino. 


También hay una importante comunidad de peruanos. Unos 20 años atrás eran 3 o 4 los residentes, comentan. Hoy son casi 30. Cuentan por lo bajo que no se llevan bien con los chilenos. Ambos compiten por los mismos trabajos.


Los que abundan son los filipinos. Las empresas radicadas en Malvinas los van a buscar, les ofrecen trabajo por 2 o 4 años y los traen. “Los quieren porque son mano de obra barata”, explica Sebastián, un argentino que lleva 16 años viviendo en Stanley.

 

Día lunes y es laborable. Pero la escena es la misma: en la calle se ve poca gente por lo hostil del clima, sólo vehículos


Antes los “baratos” eran los chilenos, pero parece que con el correr de los años residiendo en estos lares se “sindicalizaron”, tal como comenta un uruguayo que también tiene varios años radicado. “Son muy protestones, se quejan de la paga o de que es mucho trabajo, por lo que los filipinos ahora son los preferidos para las tareas duras”, detallan.


Otros que no pasan desapercibidos son los trabajadores de Zimbawe. Llegaron casi una decena de ellos hace unos 5 años para remover las minas que pululan por buena parte del territorio malvinense. En el corazón de la ciudad viven todos juntos en una.


Este crisol parece convivir en paz y todos los foráneos deben llegar con un contrato de trabajo y explicar dónde va a vivir. Educación y salud gratis para todos, algo fundamental para todos ellos. Van a los mismos lugares de esparcimiento y diversión. Eso sí, el que se quiere quedar a vivir para siempre necesita ‘aplicar’, que es una especie de prueba en donde se pone en consideración de los isleños a esa persona. Si alguien se queja, es muy probable que no pueda quedarse. 

 

‘Lucho’, hijo uno de los peruanos que primero se radicó en las Islas

El peruano Luis Quinto manejando un vehículo en una excursión turística

 

Se llama Luis Quinto, ‘Lucho’ para los amigos. Es peruano, tiene 36 años, está casado, tiene 2 hijos (un bebé de 18 meses y una nena de 13) y, por el tiempo que lleva acá, es un isleño más. Su padre se radicó en Malvinas en el año 1993 y dejó a su familia en el país incaico tentado por salir de su Lima natal y encontrar un mejor futuro. Trabajaba en el puerto descargando la mercancía que traían los barcos. 

 

Seis años más tarde se vino ‘Lucho’. Cuenta que creía que iba a llegar y descansar del largo viaje. Nada de eso. Fue bajar del avión y ese mismo sábado ayudar a su padre, tarea que se repitió sin parar durante 7 días. Así comenzó todo. Hoy, 19 años después, este hombre tiene una pequeña empresa constructora y también trabaja manejando una combi de servicios turísticos.

 

En las Islas la mayoría tiene más de una labor. La vida es cara y para progresar hay que trabajar. explica.

 

De voz baja y amable en la charla, cuenta este fanático del club Universitario de Perú que al principio lo hizo dudar el tema del clima, pero que se fue acostumbrando, al igual que su mujer, también peruana. Sus hijos son nacidos en Malvinas.