Fue escenario de sucesivos conflictos, con una muerte registrada, el abandono por parte de los propietarios y la siguiente ocupación realizada por unas treinta personas en situación de calle. Todo eso llevó a que se le llamara “la casa del terror”. Pero detrás de ese mote oscuro, la casona de avenida Rawson, entre Córdoba y General Paz, tiene casi un siglo de historia dorada.
La casona, que fue recuperada la semana pasada por sus legítimos dueños, tuvo un origen especial y una positiva misión social. DIARIO DE CUYO charló con la profesora Susana Lourdes Maldonado, quien nació en esa casa en el seno de la familia Maldonado, que construyó la vivienda.
“Conocida como ‘el chalet de los inmigrantes’, fue construida en 1930 por mi abuelo, y ahí se hospedaron también otros familiares y amigos que llegaban de España”, cuenta Susana.
“Yo he nacido ahí, ha sido la casa de mis padres y la construyeron mis abuelos, inmigrantes que llegaron a San Juan a principios del siglo XX y se radicaron aquí; por eso para mí ha sido muy triste conocer todo lo que se ha estado informando últimamente sobre lo sucedido ahí”, dice la mujer. Y agrega: “Mi abuelo Ángel Maldonado Fernández llegó en 1911 y mi abuela Amparo Suárez Rodríguez, en 1913, ya casados en España y con un hijo; jóvenes de entre 20 y 22 años vivieron primero a la vuelta sobre calle Córdoba donde empezaron y luego fueron adquiriendo terrenos cercanos hasta llegar a la actual avenida Rawson, que entonces se llamaba San Martin”.
Recuerda no sin emoción que “la casa fue construida por ellos con mucho trabajo, sacrificio y amor, y ahí se han hospedado gran cantidad de inmigrantes, sobre todo familiares y amigos que llegaban de España desde 1930 en que se terminó de construir y por lo que fue conocida como “el chalet de los inmigrantes”.
De grandes dimensiones y con otra construcción complementaria en el fondo, Susana recuerda que muy pronto el lugar llamó la atención de vecinos y otros visitantes por distintas razones: “Es que mis abuelos, sus padres, hermanos y otros parientes residían en esa casa, y también, como el hospital Rawson queda enfrente, cedía habitaciones para personas de otros lugares de la provincia con posoperatorios que debían hacer enfermos u operados, ya que venían de la zona rural y les resultaba muy lejos ir y volver a curaciones”.
Como los Maldonado eran comerciantes, abrieron un almacén de ramos generales que llamaron “El Granadino”, porque ellos provenían de Granada, en Andalucía. Además, algo que también tiene muy presente Susana es que “desde la casa hasta la esquina de Córdoba y Rawson mi abuelo compró más lotes, y como siempre fueron muy solidarios ofrecían su casa e incluso mercadería del gran almacén, para que la gente se sintiera bien. Por eso es importante rescatar lo bueno que ha tenido esta casona antigua”.
Desde 1930 y hasta 1986 en que fue heredada por un tío de Susana y que la vende en ese año, “ha sido una casa muy feliz, cristiana y con una espiritualidad grandiosa; tenia trece habitaciones con piso parqué y muebles muy buenos, como figura en el trámite sucesorio de mi abuelo además de los comedores de lujo y el de diario, cocina, un baño principal con una grifería de lo mejor, y otros espacios”.
Y una particularidad, “en la primera habitación al acceder a la casa, había un templo con la virgen de Fátima y los pastorcitos, donde se rezaba todos los días el rosario a las 19 que trasmitía Radio Colón, y para eso se paraban todas las actividades a esa hora”.
La casa tenía un hall central enormes escalones de mármol que llevaban a una terraza muy amplia. Y por estar ubicada frente al hospital Rawson la familia tuvo una vida muy ligada a este hospital como benefactores.
No le afectó el terremoto de 1944
El terremoto de 1944 no afectó en nada a la casa, y como en el gran almacén vendían también materiales de construcción, ferretería, alimentos, Maldonado subsidió al vecindario, a familiares y amigos con las carpas para las cosechas que vendía, y hasta cedió una cantidad de carpas para armar una galería en el bulevar de la avenida Rawson donde vivió un tiempo gente que había perdido sus casas.
“Mi abuelo vendía lámparas a querosene, y como el hospital se quedó sin luz, allí fueron todas las lámparas que él tenía disponible”, recuerda Susana. Y agrega que “a su vez mi padre, que se llamaba Ángel Gabriel Maldonado, con 16 años hizo después del terremoto catorce viajes a Mendoza como colaborador en aviones sanitarios con enfermos graves de San Juan”.
Reconoce además la profesora Maldonado que el almacén de ramos generales abastecía con comida y mercadería al hospital Rawson y a varias instituciones como la Policía, el Regimiento y a las tropas militares que habían venido de Buenos Aires a colaborar.
La mujer cita la muerte de su abuelo, el 25 de mayo de 1945, y recuerda que desde entonces nada fue igual: “La casa terminó quedando para uno de mis tíos, el menor, José Maldonado, y nosotros nos trasladamos a otra casa. José se va a vivir a Buenos Aires, y aquí quedaba viviendo mi abuela hasta que se va a otra casa y mi tío empieza a alquilarla, sin problemas, pero él muere en marzo de 1986 y la casa, que ahora llaman casona, es heredada por su esposa y sus tres hijos, quienes la venden a los actuales propietarios”, cuenta en detalle el devenir del inmueble.
Las monjas del hospital
Susana revela otro aspecto increíble en la historia de la casona. “Había más de diez monjas destinadas al hospital Rawson para colaborar con los enfermos y realizar otras tareas, pero cuando en los años ’50 se produce la ruptura de la presidencia de Perón con la Iglesia Católica, las monjas que estaban encargadas de la administración, aseo y alimentación de enfermos en el hospital, se tuvieron que ir del nosocomio y se radicaron en nuestra casa, donde se tuvieron que vestir con ropa de mis tías, no con el hábito de religiosa, y todos los ornamentos sagrados fueron colocados en una habitación atrás de la casa de mi abuelo, y luego trasladados a Córdoba a donde fueron las monjas tiempo después”, detalla.
Muy al contrario de la imagen que tiene hoy, la hasta ahora temida casona de la avenida Rawson casi Córdoba, llegó a cumplir funciones solidarias muy importantes, mas allá de ser el feliz hogar de una gran familia de inmigrantes españoles. Susana Maldonado, profesora de Historia, que, como queda dicho, nació en esa vivienda y contó la cara más bella de su experiencia, no tiene deseos de pasar hoy por el lugar, pero sí quisiera que se resuelva definitivamente su deprimente uso hasta hace poco tiempo, y que el lugar “vuelva a ser referencia de una vida familiar con amor, respeto mutuo y trabajo, donde cada miembro puede crecer y prosperar, como lo lograron mis abuelos apenas llegar de España”.

